Diario de diálisis

Crónicas, reflexiones y sentimientos de un paciente que comenzó un tratamiento de diálisis

VACACIONES 2008 (IV)

Posted by Alejandro Marticorena en Martes, 25 marzo, 2008

Varios días más tarde de lo que hubiera querido, sigo adelante con mi relato sobre las vacaciones.

La mañana del domingo en Neuquén era fresca y apacible, como suelen ser en ese lugar. Habremos despertado a eso de las 9:00. Me sentía súbitamente optimista: al parecer la cena y las reparadoras horas de sueño habían servido para ahuyentar nervios y angustias.

Desayunamos en la planta baja del hotel (un desayuno bastante deslucido, a tono con el hotel entero, excepción hecha, claro, del precio que tuvimos que pagar por la noche) y luego fuimos, mi hijo Eliseo y yo, a buscar el auto al estacionamiento. Al llegar lo primero que hice, lógicamente, fue chequear si el radiador seguía perdiendo agua. Observé el suelo, abrí el capot y revisé cuidadosamente: no había caído ni una gota. “Mejor así”, pensé.

Ya frente al hotel cargamos el auto con las pocas cosas que habíamos utilizado para pasar la noche y salimos. Hice una última parada antes de salir para cargar nafta (y para comprar dos bidones de agua, por las dudas) y finalmente emprendimos la etapa final del viaje.

Como si nada

Arroyito, Villa El Chocón, Picún Leufú… las localidades y los kilómetros a lo largo de la ruta nacional 237 iban quedando atrás y mis ojos alternaban permanentemente entre dos puntos: el camino delante de mí y el indicador de temperatura del agua cuya aguja estaba clavada en el sector indicado como “normal”. Llegamos a Piedra del Águila y resolvimos almorzar algo allí. De paso, eso nos daría tiempo a que el motor se enfriase para poder chequear el nivel del agua.

Increíblemente, el nivel del agua al terminar del almorzar era idéntico al que tenía al salir de Neuquén. Supuse que estaba acertado en no acelerar a más de 120 kilómetros por hora (el día anterior había llegado a levantarlo hasta los 150, por momentos) con lo que la presión dentro del circuito de agua no llegaría al punto de ocasionar pérdidas.

Seguimos viaje sin novedad y a eso de las 16:00, aproximadamente, estábamos por fin entrando a Bariloche. Recién entonces me permití suspirar. Días después (casi sobre el filo del regreso a Buenos Aires) hice ver el auto por el mecánico de mi viejo. No me dijo nada nuevo; me ratificó que el problema era la pinchadura en el radiador y me recomendó no exponer el auto al calor. Cuestión difícil, teniendo en cuenta que se trata de un viaje que dura prácticamente un día y medio. En fin: lo importante fue que –detalles aparte, que comentaré más adelante– pude volver sin problemas, y sin arreglar nada del auto.

Una vez en Buenos Aires descubriría que, como suele sucederme, la buena suerte me acompañó en mayor (mucho mayor) medida de lo que jamás hubiera supuesto. Pocos días después de volver, el auto volvió a perder agua copiosamente. Lo llevé nuevamente para que lo viera mi mecánico, quien me reveló entonces la verdadera causa del desperfecto: la bomba de agua, que finalmente dijo “basta” luego del patagónico viaje. Me salvé de quedarme varado en la ruta por apenas unos kilómetros. De haber hecho más kilometraje en el sur, otra hubiera sido la historia. Es cierto ese refrán que dice que “la buena suerte acompaña a quien no cuenta con ella“…

Diálisis en mi ciudad natal

Quien haya leído la pestaña titulada “Algo sobre el autor“, arriba, sabrá que nací en Bariloche, aunque (desgraciadamente) nunca llegué a vivir mucho tiempo allá.

Durante los últimos últimos 24 años, mi padre, Jorge Oscar, vivió en la ciudad de los chocolates. En ese lapso, varias veces tuve que ir al Sanatorio San Carlos, ubicado sobre la Avenida Exequiel Bustillo, apenitas se sale de la ciudad como para ir rumbo al Hotel Llao Llao. Pero siempre entré a ese sanatorio para visitar (o llevar) a otros. Mis hermanos, Fernando y Matías, Ana María Reigosa, segunda esposa de mi viejo y madre de Matías (la perdimos en agosto de 2005 por un maldito cáncer) y mi padre también, estuvieron alguna vez internados allí por causas diversas. Mi viejo por una pericarditis. Fernando, por una neumonía leve durante unas vacaciones allá (vive en Buenos Aires, como yo). Matías, el único de los tres que vive en Bariloche, por una caída bastante peligrosa esquiando en el Cerro Catedral y, tiempo después, por un accidente de auto (con vuelco y todo).

Incluso en enero de 2001 debimos llevar de urgencia a mi hijo, a una hora de haber llegado a lo de mi viejo luego de un viaje como éste, porque con sus –por entonces– tres añitos y fracción no tuvo mejor idea que atravesar un enorme ventanal (cerrado) por tratar de agarrar uno de los gatos de la casa. Milagrosamente nada pasó, excepto algunos cortes menores.

Esta vez me tocó a mí hacer uso de las instalaciones del sanatorio. Más precisamente, las destinadas a hemodiálisis.

La cosa arrancó bien tempranito, el lunes. A las 7:00 AM debía presentarme en la sala de diálisis. Me habían dicho telefónicamente, antes de viajar, que a eso de las 6:30 el remise pasaría a buscarme. De manera que, como para hacer las cosas tranquilo, me puse el despertador (el teléfono celular, cuya alarma despierta al más dormido) a las 5:45 de la mañana.

Por supuesto, haciendo uso de la experiencia histórica le pedí a mi viejo, la noche anterior, que me dejase a mano el teléfono de alguna remisería cercana, confiable y, ante todo, que estuviera abierta toda la noche: recordaba mi experiencia de un año antes, en Gualeguaychú, donde por el maldito “factor humano” un error hizo que nadie viniera a buscarme la primera mañana.

El chofer

Fue raro levantarme tan temprano en la casa de mi viejo. Era, por supuesto, de noche, y rodeaba a la casa un silencio sepulcral. Mi mujer, Lucía, y mi hijo por supuesto dormían. Mi padre, lo mismo, en el piso de arriba.

Me preparé un café cortado y me puse a leer un libro de ciencia ficción –mi género preferido– que encontré en una de las bibliotecas de la casa (“La amenaza de Andrómeda”, de Michael Crichton). Me costaba concentrarme; el silencio era excesivo. Además, a esa hora peregrina la psicología de uno, y máxime en mis circunstancias, no funciona muy “diurnamente” que digamos. Sentía que alguien me observaba, y juro que percibía algo así como una presencia muy cercana e inquietante, aunque para nada peligrosa. Se me llegó a cruzar la idea de que, quizás, Ana no se había ido del todo, y que algo de ella aún quedaba en la casa. Durante el día, con sus ruidos y brillos, la idea me pareció absurda, y la adjudiqué a la angustia y a los miedos por tener que dializarme por primera vez en un lugar desconocido.

Sin embargo, las cinco veces restantes que tuve que repetir esa rutina (fueron seis sesiones de diálisis en las dos semanas en las que estuve) las sensaciones de madrugada fueron bastante parecidas siempre.

Con puntualidad alemana, a las 6:30 apareció el remise. Desde la ventana del comedor se ve la tranquera de entrada a la casa: unos potentes faros rompían la misteriosa oscuridad, iluminando con dos ovalados charcos de luz el corto camino de pedregullo de la entrada. El auto era un Renault 12 algo desvencijado aunque con muy buen sonido de motor.

El conductor, un muchacho de unos 30 años, se llamaba Juan Manuel y era bastante callado. Sólo me preguntó cosas indispensables (nombre, procedencia, ocupación). Durante las seis veces que repetimos el itinerario rara vez cruzamos palabra, pese a que, si bien mi estado de ánimo a esa hora y debido al motivo que me tenía a bordo de ese auto no era del mejor, en varias oportunidades intenté entablar algo parecido a un diálogo con mi taciturno chofer.

A hora tan temprana, prácticamente no hay autos circulando, al menos por la zona donde vive mi padre (Barrio El Faldeo, a unos 4,5 kilómetros del centro de Bariloche, sobre la Avenida de los Pioneros, también conocida como “Camino del Faldeo”). Descubrí, si puede decirse así, un Bariloche fantasmagórico. Las ciudades nunca son las mismas bajo el sol que bajo la luna, y mi ciudad natal no era la excepción.

Juan Manuel se desvió por la calle Bock hasta la avenida Bustillo y giró a la derecha, rumbo al centro. Una vez allí, pude ver el centro de Bariloche a la distancia, con el fondo turquesa de un cielo que apenas comenzaba a clarear, por el este. Podía verse la silueta, iluminada por focos, de la catedral “Nuestra Señora del Nahuel Huapi“, sobresaliendo del resto de las edificaciones. En el cielo se destacaban dos enormes estrellas, brillantes y diáfanas (seguramente Venus y Júpiter) bastante cercanas una de la otra. Todo el cuadro componía una imagen bellísima, que de no haber sido por mi tratamiento jamás hubiera visto. Me gustó ver, en los traslados siguientes, cómo ambos astros cada vez estaban más próximos el uno del otro, hasta que la última vez casi parecían tocarse.

(Continuará)

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3 comentarios to “VACACIONES 2008 (IV)”

  1. carmen rios said

    sabes,tienes buen apetito,y se ve provocativa.la unidad de dialisis se ve muy bonita por fuera,me imagino que por dentro es igual a todas.sabes aqui no vienen a buscar a nadie,viva donde viva.cada quien se va mejor le convenga.la casa de tu papa es muy bonita.espero que vuelvas pronto a tu tierra a disfrutar con tu familia,a sentir el aire fresco de montaña,a RECORDAR AQUELLOS TIEMPOS QUE NO VOLVERAN,pero que disfrutastes mucho.besos.carmen rios.maracaibo.venezuela

  2. Claudia said

    No se como empezar, les escribo buscando algún consejo, mi mamá tiene aproximadamente 4 años en dialisis (hemo fueron 4 meses y peritoneal, hasta el momento), no fui apta para donarle uno, pero la trato de cuidar mucho aunque siento que no es lo suficiente, el problema es que por primera vez su cateter se tapó y lamentablemente tiene un hernia, por lo que en aproximadamente dos días la van a someter a operación para corregir estos dos problemas, esta deprimida y no tengo manera de poder ayudarla, que decir o que hacer.

    Escribí, por que me parece completo y alguien puede contar si ya paso por esto y aunque los casos no son los mismo ayudan en algo.

    Gracias y feliz día.

  3. marcela said

    no tengo que yo sepa ningun problema de salud.pero lei cada palabra escrita en este blog como si lo sufriera.cada uno de ustees son admirables.dios aprieta pero no ahorca.vivi otros problemas de salud con mi unica hija de 10 años.vivimos en un pequeño pueblo en el que sea el dolor que sea aun se medica con bayaspirina.tengo mi madre que tiene 55 años y con tantos dolores que tiene en su cuerpo pies,espalda,cintura.cabeza.riñones, etc, no sabemos uqe hacer.aca todavia se la medica con hierbas.relmente este blog fortalece a las personas que tienen ganas de seguir viviendo…fuerzas a cada uno de ustds especial a alejandro

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