Diario de diálisis

Crónicas, reflexiones y sentimientos de un paciente que comenzó un tratamiento de diálisis

VACACIONES 2008 (II)

Posted by Alejandro Marticorena en Sábado, 1 marzo, 2008

El susto

Y finalmente estábamos en Neuquén. Aún faltaba un rato largo para que el sol se pusiera. Luego de ayudar a Lucía, mi mujer, a bajar las cosas que necesitaríamos para pasar la noche en el hotel, me dispuse a llevar el auto a estacionar.

El recepcionista del hotel me había indicado cómo llegar hasta el garage, un estacionamiento con el que el lugar tenía convenio, que quedaba a unas seis cuadras de donde estábamos. Manejé hasta el lugar. Era un estacionamiento grande, que ocupaba varios pisos de un edificio construido no hacía mucho (era todo bastante moderno y recién pintado) y que contaba con unos poderosos montacargas con los que subían y bajaban autos y camionestas 4×4. Me indicaron que dejara el auto en el playón central con la llave puesta. Eso hice. Bajé del auto y comencé a caminar distraídamente, sin pensar en nada en particular. Vino un empleado, se subió al auto y, con esa aterradora presteza que tienen quienes se la pasan maniobrando autos todo el día, dio marcha atrás girando para meter mi auto en el montacargas. Sin bajar del auto apretó un botón y rápidamente desapareció hacia arriba.

Fue entonces cuando algo llamó mi atención: un gran charco de agua verdosa, de unos 50 centímetros de diámetro. El charco se deshacía en una serie de gotitas que marcaban un camino curvo que terminaba en el montacargas. Gradualmente fui cayendo en la cuenta de que aproximadamente en ese mismo lugar había estado mi auto, y de que aproximadamente ése era el curvo recorrido que había hecho hasta que lo elevaron.

En momentos así suele acudir mi racionalidad para intentar poner paños fríos. En este caso lo hizo ante el súbito terror de que mi auto estuviese perdiendo agua y, como sugería el tamaño del charco, en cantidad considerable. Pensé que no había sido ése el mismo camino que había hecho el muchacho que lo condujo; pensé que bien podría tratarse del auto quehabía estado antes… pensé muchas cosas hasta que vino quien lo había estacionado con las llaves, para devolvérmelas. Decidí hacer una comprobación empírica: “¿Me dejarías subir para ver algo? Me parece que pierde agua” le dije.

Cuando llegamos junto al auto, mi peor temor se hizo realidad: efectivamente, bajo el paragolpes delantero, sobre la izquierda, había un charco de agua verdosa. El color del agua refrigerante que mi mecánico le había puesto cuando se lo llevé, tres días antes, para chequear que todo estuviera bien.

Vulnerable

Nunca antes una palabra habría descripto tan bien lo que sentí en ese momento.

A ver, me explico un poco, porque de lo contrario parecería que estoy dramatizando. Que un auto pierda agua en cantidad entraña un riesgo importante, máxime si uno debe viajar en ruta más de 400 kilómetros en la desértica meseta patagónica primero, y en caminos de montaña después. El agua cumple la función básica de refrigerar el motor y evitar sobrecalentamientos. Si el agua se pierde, el motor podría recalentarse hasta sufrir daños graves (lo que en la Argentina llamamos “fundir el motor”). Y, obviamente, eso podría dejarme varado en medio de la nada con mi familia.

Hasta acá, la cuestión técnica. Todo tiene solución en la vida, y estamos en pleno Siglo XXI: por más que eso sucediera no moriríamos de inanición, frío, insolación ni devorados por los leones. No estábamos en la sabana africana, ni a 7.000 metros de altura en el Himalaya, ni en la mitad del desierto de Gobi.

Pero acá hay un aspecto que, violentamente, me arrojó a la cara la realidad de mi condición. “No soy como cualquier persona”, pensé. El cuadro de situación era éste: estábamos en la ciudad de Neuquén, a 1.200 kilómetros de Buenos Aires y a casi 500 de Bariloche. Era sábado por la noche. Al día siguiente, domingo, absolutamente ningún taller mecánico de la ciudad, aunque fuera la capital provincial, estaría abierto. Y el lunes a las 7:00 de la mañana yo debía presentarme en la sala de diálisis del Sanatorio San Carlos.

Si el problema exigía que el auto sí o sí fuese llevado al taller, debería quedarme hasta el lunes, hacerlo revisar, esperar el tiempo necesario para que lo repararan, pagar lo que me pidiesen y recién después continuar viaje. Ante un cuadro así, lo más probable es que pudiera dializarme –con suerte– el miércoles, con lo que habrían pasado 4 días enteros sin diálisis. La sola idea me aterraba. Mi sensación era la de ser un astronauta del transbordador espacial Endeavour que, luego de salir a hacer una “caminata espacial” descubre que se cortó el cable que lo mantenía unido con la nave.

Caminé de regreso al hotel. Mi cabeza era un torbellino de ideas, alternativas e hipótesis. Me venía a la mente el recuerdo de los áridos paisajes de cientos de kilómetros que aún debíamos atravesar. Me sobrecogía el pensamiento de tener que atravesar esas inmensidades solitarias en un auto que perdía agua en abundancia.

Poco antes de llegar al hotel y dar la mala noticia decidí que, para empezar, lo ideal sería llamar al Automóvil Club Argentino, del que soy socio, y pedir un mecánico que revisara la pérdida. Pensé que con un poco de suerte quizás podría repararse y así podríamos llegar a destino relativamente tranquilos. Me prometieron mecánico “para dentro de una hora”. Miré el reloj: eran las 21:15.

Salimos a caminar con Lucía y Eliseo. Anochecía. Fuimos rumbo al garage. Una hora no nos daba tiempo de cenar y luego quedarnos en la puerta del estacionamiento esperando la llegada de la clásica camioneta amarilla y roja del A.C.A. Pensamos buscar algún lugar tipo bar para cenar algo sencillo y rápido. Mi hijo se quejaba de cansancio y hambre, y mi mujer, implícitamente, también: la cosa no daba para esperar al mecánico y cenar más tarde. Propuse ir a un bar que había enfrente del garage. Pero claro, mi mujer (que se desvela por cuidarme) se quejó de que, en un bar, las comidas no son aptas para dialíticos sobre todo porque todo suele ser salado y/o tener queso. Había un restaurante unos pocos metros más lejos… pero lleno hasta el tope de gente. Entrar allí, con el bullicio que había y la obligada espera, se me antojaba más como una tortura que como una cena familiar.

No nos poníamos de acuerdo. Comenzamos a discutir, detenidos en la vereda. El cansancio y los nervios nos jugaban en contra. Allí comenzó un intercambio de palabras con mi mujer que culminó a mis instancias, cuando luego de escucharle decir algunos conceptos para mí inadmisibles le solicité que se retirara, que lo llevara a cenar a mi hijo adonde mejor le pareciera y que me dejara solo.

Así fue que de pronto me ví en la puerta de un estacionamiento, en pleno sábado por la noche en una zona céntrica de la ciudad de Neuquén, con un auto estacionado perdiendo agua, muerto de sueño y de hambre y sin saber si podría llegar a Bariloche a tiempo para la diálisis del lunes.

Recuerdo que, en medio de la gente que pasaba caminando con gesto despreocupado o en modernísimos autos, y mientras se escuchaba la alegre música de un recital callejero que había a la vuelta, sobre la Avenida Olascoaga, tuve un acceso de nostalgia, pensando en aquellos buenos tiempos en los que no dependía de la diálisis y en los que yo era “como cualquier persona”…

(Click aquí para continuar leyendo)

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5 comentarios to “VACACIONES 2008 (II)”

  1. Estrella said

    Hola, pretendo ser psicóloga en una clínica de hemodiálisis y encontrarme con está pagina me resulta impresionante y algo muy serio, a la vez que un trabajo, por su parte, muy solidario. Gracias, tengo mucho que aprender y veo, aunque todavía no he terminado de sondear la página, que muchísima gente debe estar agradecida.

  2. carmen rios said

    ESAS SON COSAS QUE SIEMPRE PASAN,SON IMPREDESIBLES.PERO A LA FINAL SALE TODO BIEN.LO DE LA COMIDA ES ALGO QUE (YO)NO LE HAGO MUCHO CASO,O SERA QUE SOY MUY DESORDENADA EN ESO,PUES SI NO TE MATA LA MAQUINA POR LA DIETA TAN ESTRICTA TE MATA EL HAMBRE.MI AMIGO PA LANTE SMOS PERSONAS DE MUCHO TEMPLE,VALEMOS MUCHO Y SI LA JENTE SUPIERA LOS TRAGOS AMARGOS QUE PASAMOS FUERAMOS TODAVIA MAS VALIOSOS,SIN EMBARGO LA FAMILIA NOS ENTIENDE,MAS NO NOS COMPRENDE PERO ES POR LA MISMA ENFERMEDAD.BUENO ESPERO LA CONTINUACION DE ESTE VIAJE.UN GRAN ABRAZO A TI Y A TU FAMILIA.CARMENRIOS.MARACAIBO.VENEZUELA

  3. Respuesta al comentario 1. Hola, Estrella. Muchas gracias por tus palabras, realmente tu mensaje es alentador y sobre todo me alegro de que te sea útil profesionalmente hablando.

    Te mando un beso y gracias por escribirme.

    Alejandro Marticorena.

  4. Respuesta al comentario 2. Hola, Carmen. Sinceramente agradecido por la fidelidad con la que lees Diario de Diálisis. Lamento no poder redactar más asiduamente. Te mando un beso grande.

    Alejandro Marticorena.

  5. Roxana said

    Hola a todos creo que es importante saber acerca de esta enfermedad y los cuidados que se deen de realizar ya que son muy importantes pero sobre todo darle animo a las demas personas que estan pasando por esta situacion y decirles que la vida sigue adelante. yo estoy en una clinica en tampico realizando mis practicas en el area de dialisi y me he dado cuenta de lo importate que es esta enfermedad y asi poder ayudar a esas personas que etan pasando esta situacion y a familiares para que ellos con su amor apoyen a su familiar a pasar esto juntos.

    saludos a todos roxana
    y animo

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