Diario de diálisis

Crónicas, reflexiones y sentimientos de un paciente que comenzó un tratamiento de diálisis

VACACIONES 2008 (I)

Posted by Alejandro Marticorena en Viernes, 29 febrero, 2008

Bueno, finalmente tengo un rato como para comenzar a relatar mi experiencia de vacaciones en San Carlos de Bariloche con diálisis.

Antes de arrancar quería decirles que quedé algo impactado con la cantidad de mensajes que recibí durante mi ausencia. Cuando llegué aquí, el domingo 3 de febrero, había casi 80 esperando moderación. No pude (o, en realidad, no quise) comenzar a responderlos esa misma semana, que en rigor era la última de mis vacaciones antes de volver al trabajo. Siempre hago así: odio llegar, máxime de un lugar como Bariloche, y tener que ir a trabajar al día siguiente. Sería un choque muy fuerte.

En fin, se ve que esta vez quise que las vacaciones laborales coincidieran también con las de este blog, de modo que el “dolce far niente” se extendió al lunes (o martes, creo) laboral, ya en la semana del 11 de febrero. Claro: para ese momento a los 80 comentarios que ya había se le habían sumado una veintena más, con lo que en la práctica tenía pendientes más de cien comentarios por responder.

Además, ya dije en alguna otra parte que suelo tomarme un trabajo para con quienes me escriben quizás infrecuente en otros bloggers (personas que hacen blogs): amén de la respuesta publicada al pie del post que sea, copio el texto y lo pego en un e-mail, que luego les envío. La razón es sencilla: quien no tenga un sistema de sindicación de contenidos jamás se enterará de que le respondí. Y mi intención es que mis respuestas lleguen.

Sin más, comenzaré el relato de las vacaciones. Eso sí: incluiré cosas que no son necesariamente relativas a la diálisis por dos motivos. Primero, para respirar un poco de aire distinto en un blog tan específico como éste. Y segundo, porque en lo relativo al viaje sucedieron algunas cosas que incidieron en mi actual condición de paciente dialítico. ¿Cómo incidieron? Paciencia. Sigan leyendo.

El viaje de ida

Éste fue el quinto viaje que hago a Bariloche en mi propio auto, desde que viajé por primera vez (en auto propio) en enero de 2001. Eso quiere decir que conozco bien las rutinas previas y simultáneas al viaje: preparativos, qué hay que llevar, qué hay que preparar, los chequeos al auto, la ruta a seguir, dónde conviene parar a dormir (es un viaje de 1.700 kilómetros) etcétera.

Sólo que esta vez la cosa era muy diferente. Nunca antes había ido de vacaciones a mi ciudad natal teniendo que dializarme y teniendo que afrontar un viaje semejante, y siendo el único que sabe manejar. Sabía, claro, que esta vez muy probablemente no podría ir de campamento, que es lo que a mi mujer, a mi hijo Eliseo de 10 años y a mí más nos gusta. Las tareas y características propias del estar en carpa son bastante cansadoras, y la “post diálisis” se caracteriza por un importante cansancio y debilidad.

De modo que parte del equipo habitual de campamento esta vez no lo llevamos, aunque no nos privamos de llevar la carpa y los elementos básicos para, eventualmente, pasar un fin de semana (el único que tendríamos a disposición para eso) en alguno de los campings que ya conocemos y nos gustan, siempre a orillas de alguno de los lagos de la zona.

Salimos el sábado 19 de enero poco después de las 8:30 de la mañana con el auto cargado a reventar: baúl completo y uno de los lugares del asiento de atrás lleno de cosas. Nunca podemos evitarlo; al irnos de viaje al sur pareciera que nos estamos mudando. Hicimos (como suele pasar) chistes con Rosa, la encargada del edificio, ante cuya divertida mirada terminamos de cargar el auto, y nos fuimos.

El camino por seguir fue el mismo de otros años. Ruta Nacional 5 hasta Santa Rosa, capital de la provincia de La Pampa (llegamos allí alrededor de las 15:00, donde hicimos la primera parada para cargar nafta). Luego, por la ruta 35 derecho hasta la localidad de Padre A. Buodo, donde sale el desvío de la ruta 152 hacia General Acha. Allí seguimos derecho, pasamos por Chacharramendi (un polvoriento pueblito perdido en medio de la nada con sus apenas 200 habitantes), sitio a partir del que arranca la ruta 20, denominada “Conquista del Desierto“, ya que atraviesa casi 200 kilómetros (y en su abrumadora mayoría sin curvas) de un paisaje completamente achatado y árido, sin casas, árboles, pasto, vacas, silos, gente ni nada de lo que suele verse en la región de la Pampa húmeda (véase foto). Sólo se ven unos arbustos espinosos y de un verde amarillento, no más altos que la rodilla, y el mismo paisaje repetido durante (como mínimo) dos horas y media, dando la sensación de que no se está avanzando ni un kilómetro.

La ruta 20 termina en el denominado “Cruce del Desierto” (donde hay un flor de hotel, del mismo nombre) y empalma, en forma de “T”, con la ruta 151. Finalmente, luego de unos 170 kilómetros llegábamos por fin a la ciudad de Neuquén, capital de la provincia homónima no sin antes pegarnos un breve y módico susto: a mitad de camino entre el Cruce del Desierto y Neuquén, el auto comenzó a tironear, como si se le estuviera acabando la nafta.

Valga la aclaración de que en ese punto la ruta, si bien ya no se llamaba “Conquista del Desierto” era realmente muy inhóspita: aún no se veían árboles (es raro ver árboles en las rutas de la Patagonia, como no sea en la más húmeda zona andina) y la idea de que se me quedara el auto en ese punto, faltándonos más de 70 kilómetros para llegar y siendo más de las 20:00 no me hacía la más mínima gracia. En el peor de los casos puedo decir que teníamos “a favor” (por decirlo así) el que, por estar bastante más al sur que Buenos Aires y debido al cambio de huso horario dispuesto por el Gobierno nacional en diciembre –se adelantó una hora el reloj para aprovechar más la luz natural y contribuir al ahorro de energía– el sol iluminaba como si fuesen las seis de la tarde en mi ciudad.

Cuestión que el auto habrá tironeado así (parecía como si tosiera) durante un fatídico minuto. De los 140 kilómetros por hora que me había fijado como “velocidad crucero” fui bajando hasta los 80, hasta que incluso los camiones comenzaron a pasarme. Pasado ese minuto de horror, el motor volvió a funcionar como siempre. A partir de ahí no lo aceleré a más de 100 kilómetros por hora. Por las dudas.

Finalmente, a las 21:30 pasadas (el sol aún iluminaba las calles, y faltaba más de una hora para que se pusiera) llegamos, luego de perdernos un par de veces, a la puerta de un hotel donde ya habíamos estado en un viaje anterior, años atrás.

De pura casualidad encontramos la última habitación para tres que quedaba disponible. Nos cobraron la friolera de 190 pesos por una noche, en un hotel cuyas condiciones edilíceas dejaban bastante que desear, al menos para el precio. Pero en fin: habíamos llegado, el primer tramo del viaje estaba completado.

Sólo algo más de 400 kilómetros nos separaban de Bariloche. Descargamos el bolso que previsoramente habíamos preparado con las mudas de ropa y elementos de higiene para pasar la noche (por eso decía que conocemos las rutinas de memoria) y me llevé el auto a estacionar. Estaba cansado, pero tenía una gran sensación de alivio. Pensaba que lo que nos quedaba era la parte más liviana y más hermosa del viaje, sobre todo por los paisajes que se ven durante los últimos 200 kilómetros antes de llegar. Y, particularmente, la zona conocida como “Valle Encantado”, donde la ruta va bordeando el río Limay desde su confluencia con el río Traful (véase foto), que nace en el lago del mismo nombre.

Pronto, ese alivio que me inundaba se me evaporaría más rápido que el agua en el ardor del desierto.

(Click aquí para continuar leyendo)

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Una respuesta to “VACACIONES 2008 (I)”

  1. […] a la diálisis, supuse que me tocaría el centro del Sanatorio San Carlos, como hace tres años (la última vez que estuve allá). Pero no. Seguramente por esas cosas de las obras sociales, los contratos y (siempre) los factores […]

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