Diario de diálisis

Crónicas, reflexiones y sentimientos de un paciente que comenzó un tratamiento de diálisis

MI PASO POR EL INSTITUTO DUPUYTRÉN (III)

Posted by Alejandro Marticorena en Viernes, 17 agosto, 2007

Como decía antes, el sábado fue un día que pasó conmigo durmiendo la mayor parte del tiempo. Pero no fue un sueño normal. Debo haberme despertado, sin haber llegado a “despertar”, en el real sentido de la palabra, unas 80 veces. Para intentar moverme, o darme vuelta en la cama, o intentar comer o tomar algo, o (demasiadas veces para mi gusto) tener que caminar, tambaleándome, para llegar hasta el baño y cumplir las exigencias de la tremenda diarrea de la que fui esclavo los dos primeros días de internación.

Mi tensión arterial seguía por el suelo. Estar sentado en la cama era prácticamente imposible. Para levantarme e ir al baño requería de unos tres minutos de “aclimatación”; luego debía hacerlo ayudado por mi mujer y, encima, aferrado al caño que servía de soporte para el suero, con sus malditas rueditas que luchaban por enredarse y trabarse con cuanto obstáculo se les pusiese delante.

Finalmente, una de las enfermeras logró convencerme de usar lo que (aquí, al menos) se conoce vulgarmente como “chata”, como para hacer mis necesidades sin riesgos. Sin riesgos de caerme desmayado, al menos, porque estar con diarrea y defecar acostado en una cama es una experiencia cuando menos vertiginosa. Pero (descubriría más tarde) dentro de todo bastante higiénica, en contra de lo que yo suponía.

Y dónde está el doctor…

Doctor quiénAsí las cosas, el sábado al atardecer llegó sin que un maldito médico se hubiese acercado a la habitación a controlarme, preguntar por mi estado, interiorizarse de mi situación o preguntarme si me hacía falta algo.

Lucía, mi mujer, es una persona más bien tímida, respetuosa, muy pendiente siempre de los demás (demasiado, como ella misma reconoce) y amable. Pero en situaciones límite, o que signifiquen un riesgo para sus seres queridos (sobre todo esposo e hijo), aflora desde sus adentros la tigresa que toda mujer lleva escondida en el alma, en lo que considero casi una particularidad del género femenino. Recuerdo que mi suegra, su madre, cuando discutía con ella le decía “Perry Mason“, en alusión al abogado de una serie de TV que se caracterizaba por su habilidad profesional y argumentativa.

De este modo, rebasada su paciencia por las horas transcurridas sin que nadie practicase sobre mí el más mínimo control médico (y, por supuesto, sin que nadie se acercase a darnos alguna clase de información sobre mi estado, diagnóstico, tratamiento o prescripción), logró que la única médica del Instituto Dupuytrén (la médica de guardia) se acercase hasta la habitación a escuchar las 40 verdades que la esperaban de mi sulfurada esposa. Sin saberlo previamente, claro.

En el párrafo precedente hay una frase que, en medio de las palabras, quizás pasó desapercibida para el lector aburrido (lo cual no es ningún pecado, claro). “La única médica del Instituto Dupuytrén“. Ahora que pasó un mes de aquello casi me cuesta creer que lo que cuento fue real. Me refiero a que un instituto médico de supuesto buen nivel, de (al menos) cinco pisos y, por lo bajo, seis o siete habitaciones por piso (y me estoy quedando corto seguro) tenga, los fines de semana, sólo un médico de guardia para atender a todos los pacientes internados.

“Believe it… or not”, diría el “finado” actor Jack Pallance en aquel programa de televisión que, en castellano, era “Créase o no, de Ripley”. Si existió alguna época en que estos nosocomios contaban con un médico de piso (lo cual significa un médico por piso) tal época, evidentemente, pasó, sepultada por (deduzco) las exigencias rentabilísticas de la medicina privada.

Brevísimo paréntesis: ésta, por poner un caso, es una de tantas razones por las que dejar algo como la salud al “cuidado” de gente que hace negocio con ella me da escozor. Cuando la vida humana depende en última instancia de los márgenes de ganacia de una empresa estamos jodidos, gente. Máxime cuando esto sucede en un país como la Argentina, donde los controles (sobre todo estatales) de toda clase brillan por su ausencia y a la hora de hacer economía lo primero que se recorta en las empresas son los sueldos y los recursos humanos. Si acá habláramos de fabricar bulones, sería una cosa. Pero hablamos de preservar la salud de personas. Preservar vidas. No es lo mismo. Y para el Instituto Dupuytren, o para Galeno (táchese lo que no corresponda) debe ser más barato, sigo deduciendo, pagarle sólo a un médico (y joven) que esté a cargo de la guardia y de (al menos) cinco pisos de seis o siete habitaciones cada uno, que a un médico por cada piso. Salvados los márgenes de ganancia, el mundo puede seguir girando tranquilo. ¿Y la salud de los pacientes? Bien, gracias.

Vino la médica de guardia. La recuerdo (en medio de mi estado de semisopor y semiconsciencia) menudita. Cara de responsable, de aplicada. De hacer lo que podía, lo mejor que podía. Y mi mujer, como decimos en la Argentina, “le dio pa’ que tenga, guarde y reparta”. Sin gritos ni faltas de respeto, claro. Pero puso las cosas en su lugar. Creo (no estoy seguro) que pronunció las palabras “periodista” (por mí) y “denuncia” (por ella).

Desde chico me asombró el poder de las palabras. Palabras que pueden hacer levantar pirámides, o una muralla china que se ve desde el espacio. Palabras que pueden hacer invadir imperios. Que pueden enriquecer mucho a pocos, o empobrecer mucho a muchos. Palabras que pueden hacer amar, hacer odiar, hacer matar… o hacer morir a quien las pronuncia. Y de esto último los periodistas sabemos. Muchos colegas murieron por decir lo que otros no querían que se oiga.

EnfermeraCuestión que, sea por las palabras “periodista” y “denuncia”, sea por simple conmiseración, a partir de allí se operó un cambio casi mágico. Hubo mayor control de mi estado, me higienizaron, y las enfermeras comenzaron a venir con más asiduidad. Aclaro aquí, nobleza obliga, que la poca contención y atención que recibí la primera parte del sábado y todo el domingo provino del cuerpo de enfermeras del Dupuytrén. El cuerpo “de” enfermeras, y no “de las” enfermeras… que no se me malinterprete…

Pero las cosas en este país terminan funcionando así: hay resultados, pero siempre en función de la ley del más fuerte, o de quien tenga los dientes más afilados. O, por lo menos, del que muestre que los tiene. Afilados o no.

La experiencia en el Dupuytrén me enseñó varias cosas. Una de ellas es que, al menos allí, un sanatorio no es el mismo durante los días hábiles que los sábados y domingos. Durante los fines de semana hay menos gente, más inexperta y (quién sabe) hasta peor paga. Pero el detalle es que, hasta donde yo sé, los pacientes siguen siendo los mismos. Pero seguiré estas reflexiones en el próximo post.

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4 comentarios to “MI PASO POR EL INSTITUTO DUPUYTRÉN (III)”

  1. Alejandra Segura said

    Yo trabajo ahi y podes estar seguro de ke es una porkeria.

  2. Alejandra Segura said

    Sabes cuantos se mueren por la mala atencion?

  3. Hola, Alejandra. Gracias por tu comentario. Bueno, cualquier cosa que quieras comentar en aras de alertar a futuros (o actuales) pacientes será bienvenida aquí. Si las cosas funcionan mal y corre riesgo la vida de la gente allí, creo que hay que decirlo.

    Muchas gracias por participar.

    Alejandro Marticorena.

  4. Alejandra Segura Masegura_86@hotmail.com said

    No es nada! Hay ke prevenir sin duda a futuros pacientes ke corren peligro y dia a dia ponen en juego sus vidas. Es increible ke a Galeno le llamen prepaga con lo mal ke funciona. Habria ke enviar un informe a todos los medios para ke un tema tan delicado como este sea tomado realmente en cuenta y se deje de jugar con la gente. Aparte nosotros ke trabajamos ahi sabemos de todas estas irregularidades.

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