Diario de diálisis

Crónicas, reflexiones y sentimientos de un paciente que comenzó un tratamiento de diálisis

LA VALENTÍA DE LINA SOLER, PARTE II

Posted by Alejandro Marticorena en Jueves, 8 febrero, 2007

Segunda parte de la historia de Lina.

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“CONTRIBUYENDO” A LA CIENCIA…

Y, volviendo al historial delictivo de mi salud, como ya he avanzado, estuve cinco años haciendo de conejito de indias para la ciencia. El último tratamiento de medicina convencional que probé me provocó más efectos secundarios de los deseados. A punto estuvieron de extirparme un quiste de ovario con su correspondiente ovario. Pero, afortunadamente, la operación se suspendió cuando ya llevaba el maldito camisoncito del hospital puesto y una amable enfermera se disponía a darme mi última cena antes del trance. Podríamos afirmar que esto es casi la única cosa buena en cuestión de salud que me ha sucedido estos años. La única que ha salido bien, ya que conservo mis ovarios y, al suspender todo tratamiento, desaparecieron los quistes, que ya se estaban reproduciendo en el otro ovario.

En fin, esto vino bien, porque, con mucho empeño y un planning de desintoxicación de seis meses, pude dejar de ser adicta a los corticoides. Dejé de tomar cualquier tipo de medicación y empecé a encontrarme mejor, aunque mi médico ya me había informado de que sólo esperaba el momento oportuno para empezar con el tratamiento de diálisis. Dos meses, me dio. O tres. Eso fue el año pasado.

Cuando ya dábamos todo por perdido, se le ocurrió que podía visitar a una médica, colega suya y a la que consultaba su mujer, también con un problema autoinmune. Se dedicaba a la microterapia, concepto novedoso para mí. Consistía en mezclar medicina convencional con homeopatía para restablecer el equilibrio celular del cuerpo. Me practicó unos análisis y resultó que tenía el sistema inmunológico descompensado. Muy parecido al de una persona con VIH (SIDA). Fue sincera desde el principio. Me dijo que veía muy difícil esquivar la insuficiencia renal porque me hallaba en un proceso muy avanzado, pero que intentaría que pasara un buen verano hasta comenzar con la diálisis. Y me doy por satisfecha porque lo conseguimos. Rápidamente empecé a encontrarme muchísimo mejor. Podía llevar a cabo actividades que meses atrás me resultaban imposibles. Empecé a recuperar mi vida. Dejé atrás la confusión mental y muchas más cosas, y pasé el verano más activo de los últimos años. Recuperé mi cuerpo, recuperé mi vida y recuperé mi forma de ser, tímida pero alegre.

EL COMIENZO DE LA DIÁLISIS

Pero el final lo sabemos por anticipado, ¿verdad? Esta euforia en mi salud no duró mucho tiempo, ya que, la última semana del verano, justo unos días antes de acudir a la revisión de septiembre, empecé a desmayarme por las noches. Las piernas no me sostenían. Me encontraba extremadamente débil. Yo pensaba que era por los trastornos menstruales que padecía. Cuando acudí a la visita de septiembre, mi nefrólogo me dijo que, si se confirmaban los resultados que habían obtenido, debíamos tomar la decisión de entrar en diálisis. Me fui a casa muy desanimada. Durante los tres días previos a la confirmación del diagnóstico, perdía la salud de una forma sorprendentemente rápida. Ya no me vestía, ya no me duchaba, ya no salía, ya no comía. Sólo estaba en el sofá. Acostada. Tapada con una manta a 23 grados de temperatura.

Mi médico confirmó los resultados y se puso en marcha la maquinaria. Parecía que era la única enferma de todo el departamento. La enfermera y el médico intentaron realizar lo que se llama el protocolo de información, que consiste en explicar qué es la insuficiencia renal y qué tipos de tratamiento existen, pero yo me desmayaba cada vez que oía hablar de unir una vena con una arteria y ese tipo de cuestiones. Mi médico me dijo que no estaba en condiciones de elegir un tipo de diálisis y que él elegiría por mí la peritoneal. Yo me hallaba en la disyuntiva de tener un tubo de silicona saliendo de la barriga o un trasvase de una vena a una arteria y que me pincharan con unas agujas enormes día sí, día no. Pensé que, para el caso, no habría mucha diferencia; y dejé que mi médico eligiera por mí. Pero claro, de lo que no me iba a librar era de la implantación de un catéter femoral para dializarme urgentemente aquel mismo día. No ganaba para sustos. Me pusieron un pijama y me llevaron a la mesa de operaciones. Estaba tremendamente asustada. No me habían dado ningún tranquilizante y mi cuerpo empezó a dar, involuntariamente, unos saltos tremendos en la camilla. Era miedo. Cuando terminó la operación, me dolía la mandíbula, de tanto que me habían tiritado los dientes.

(Continúa en el siguiente post)

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