Diario de diálisis

Crónicas, reflexiones y sentimientos de un paciente que comenzó un tratamiento de diálisis

LA VALENTÍA DE LINA SOLER, PARTE I

Posted by Alejandro Marticorena en Jueves, 8 febrero, 2007

En el post anterior adelanté que había otra persona, “española para más datos”, que me había contado “algo de su experiencia”.

Se llama Lina Soler, vive en Valencia, España, creó un blog donde publica sus (bellos) poemas, y más que contarme “algo” sobre su historia digamos que me contó prácticamente todo, al menos en lo referente a sus problemas de salud.

Algo destacable, más allá de que lo que se dice sufrir, realmente se nota que sufrió, son dos cosas. Primero, la valentía con que vivió todo ese “vía crucis”, como ella misma lo denomina en alguna parte de su relato. Una valentía creada por fuerza, seguramente, como nos pasa tantas veces en la vida. Una valentía que se hace “al andar”, parafraseando aquel poema de Antonio Machado.

Segundo, que su calvario fue el detonante de sus primeros poemas, que le resultaron “terapéuticos” y con los que ya hizo nacer cinco libros, nada menos.

Su relato es largo. Pero bien vale la pena leerlo. Yo me lo “tragué” anoche, de un tirón, a las dos de la mañana, con el sueño mordiéndome los párpados. Tiene la crudeza y la intensidad de las cosas que nos cambian la vida para siempre. Tiene la autenticidad de lo que se cuenta desde las tripas, sin falsos tremendismos ni morbos inútiles.

Luego de leer la historia de Lina me convencí más que nunca que publicar aquí historias de otros, contadas por esos mismos otros, es un interesantísimo (e importante) complemento para Diario de Diálisis.

Dada la extensión del texto, la fraccionaré en tres partes. No edité prácticamente nada de lo que escribió: sólo agregué los subtítulos, en un –quizás– innecesario intento de aligerar la lectura.

Va la historia de Lina, primera parte.

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Estimado Alejandro;

Disculpa, en primer lugar, que haya tardado unos días en responder. Ando algo liada estas semanas con las pruebas para el trasplante. Mañana he de hacerme un T. A. C., y ya sólo me faltará el fondo de ojos y el ecocardiograma para poder entrar en lista de espera.

A continuación, voy a responder a tu interés mostrado en tu carta por mi caso. Como habremos sufrido experiencias parecidas, lo relataré de forma detallada. Creo que me servirá como terapia. Y espero que te reconforte.

LOS COMIENZOS

Todo empezó hace cinco años, con una amigdalitis que provocó una enfermedad autoinmune, concretamente una glomerulonefritis membranosa. Tenía yo entonces 22 años y cursaba cuarto curso de periodismo en una universidad a 80 kilómetros de donde vivía con mis padres. En un principio, me dijeron que, con seguir un mes un tratamiento de corticoides, se resolvería el problema. Pero no fue así. Pasó un mes, pasó otro; probé unos corticoides y probé otros. Nada surtió efecto. Era corticorresistente. Mi vida cambió por completo al conocer que aquella situación podía derivar en insuficiencia renal.

Desde que tuve la amigdalitis hasta saber todo esto, pasó mucho tiempo. Seis meses, concretamente. Perdí 10 kilos en un par de meses y mi salud era extremadamente débil. Sufría desmayos por los pasillos de la universidad y tenía graves problemas gástricos que me impedían comer con normalidad. Pero el síntoma más visible eran los edemas, los cuales me impedían usar mi calzado habitual, la ropa e incluso moverme. Pronto acudí al médico de cabecera, que me mandó realizar diversas analíticas. Recorrí la consulta de varios médicos por esa época. Los diagnósticos eran tremendamente dispares. Dos meses estuve tomando medicación para mejorar la circulación; y dos más, siguiendo una dieta para comer estrictamente de todo al pensar otro médico que padecía anorexia. (Con lo que me gustaban a mí las pizzas). Lo vomitaba todo.

He de reconocer que tuve muchísima suerte al contar con la ayuda del médico que me había ordenado las primeras analíticas. Cuando llamé por teléfono al hospital general para concretar cita con el especialista (de medicina interna), me dieron fecha para dentro de seis meses. Se lo conté entre lágrimas a mi médico de cabecera. Pensé que para entonces ya no quedaría nada de mí, ya que en las últimas semanas había dejado de ir a clase. Iba de la cama al sofá y del sofá a la cama. La luz debía estar siempre apagada, puesto que mis ojos no la soportaban. Apenas comía. Y tampoco soportaba los ruidos. Tenía un dolor de cabeza histórico y una sensación de vértigo perpetuo cada vez que me movía aunque fuera levemente. Mi médico, amigo íntimo de la familia como era, llamó a un colega suyo, Jefe de Medicina Interna del área del hospital general que corresponde a mi pueblo. Y, con las analíticas en la mano y los resultados de todas las pruebas practicadas durante casi medio año, fuimos de visita a su consulta. Sólo le hizo falta un vistazo superficial a los documentos para llamar al nefrólogo. Era un chico joven. Él me contó qué tratamiento debíamos seguir.

UN VÍA CRUCIS DE TRATAMIENTOS

En fin, los siguientes años los recuerdo como un via crucis de protocolos de tratamientos. De todos los tratamientos conocidos. O un viaje a Ítaca sin fin, ya que, en el fondo, algo me decía que nunca volvería a sentirme como antes. Después de probar los conocidos, lo intenté con los de prueba. Y empecé a tomar medicación en proceso de testado, muchas veces basada en estudios de cinco o seis personas. No obstante, yo siempre pertenecía al porcentaje en el que nada surtía efecto.

A causa de uno de esos tratamientos, el bolus de corticoides, me convertí en adicta a esta sustancia. Ahora, con la perspectiva que, gracias a Dios, da el tiempo, la veo como una de las épocas más creativas de mi vida. Entonces era simplemente un infierno. Tuve todos los efectos secundarios conocidos y por conocer de los corticoides. (Por si no lo conoces, el bolus de corticoides consiste en una inyección intravenosa de una cantidad 1.000 veces mayor a la habitual de esta sustancia, que es 1 miligramo por kilo de peso). Ya el primer día de tratamiento, me fui a casa viendo los objetos que eran de colores claro de tonos azules y fucsias psicodélicos. Después veía a todo el mundo horrible. Ultrafeos. Todos. Y más tarde empezó lo peor. Además del típico aumento de vello, la cara de media luna y ese tipo de cuestiones, empecé a tener hiperactividad, una polifagia insoportable, cambios de humor bruscos, insomnio considerable y confusión mental, entre otros puntos. De todo ello, me quedo con la parte positiva. Gracias al insomnio, a las depresiones sin motivo aparente, a los cambios de humor y a las crisis de ansiedad, empecé a escribir poesía. Un tipo de poesía bastante acorde con todo este mundo en el que ahora vivía. Y, haciendo caso de una frase de André Breton que había leído sobre la locura (“Surrealismo: recreación de un estado que nada tiene que envidiar al de la enajenación mental”), decidí engrosar las listas de personas que jugaban a la escritura automática. Esto no me ayudó en exceso con mi pequeño asunto de la confusión mental, pero sí que pudo aliviarme un poco. Me vacié los bolsillos. Desde entonces escribo con una intención terapéutica.

(Continúa en el siguiente post)

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