Diario de diálisis

Crónicas, reflexiones y sentimientos de un paciente que comenzó un tratamiento de diálisis

SOLOS EN LA MADRUGADA, PARTE II

Posted by Alejandro Marticorena en Sábado, 20 enero, 2007

O bien podría haber titulado a este post “La diálisis del 31”. En fin: una semana más tarde se repitió prácticamente el mismo operativo, esta vez para mi última sesión de diálisis del año.

Sólo que esta vez al parecer hubo un malentendido entre quien estaba a cargo de la coordinación de turnos en el centro de diálisis y quien se encargó de toda la logística de los traslados de pacientes desde y hacia sus domicilios.

Para el domingo 24 me habían dicho que debía estar a la 1:30 AM, de modo de conectarme a las 2:00 (o, de ser posible, antes), de manera que el taxi o el remise debía pasar a buscarme por casa a la 1:00.

Sin embargo, para el 31 la indicación de parte de Marcela, la Jefa de Enfermería del centro de diálisis del Hospital Alemán, fue que el turno en que debía ir yo se postergaría media hora. “El domingo, entonces, te venís un rato antes de las 2:30: se corre todo media hora”.

El remise, por lo tanto, debía pasar a las 2:00. Esa noche recuerdo que, justamente, me dediqué a escribir bastante. Ingresé nada menos que 5 posts, en el término de pocas horas. Estaba a mitad de camino del último (mencionaba lo que ciertos medios difundieron acerca del trasplante renal de la hija del ex futbolista Blas Giunta) cuando sonó el timbre de mi casa. Miré el reloj: 1:30 AM.

Atendí. “El remise, señor”. Me indigné. “Me vas a tener que esperar un poco, no sabía que iban a pasar tan temprano”. La voz del chofer sonó demasiado imperativa para mi gusto. “Pero hay que estar a las 2:00, eh”. “¡No!” le respondí. “¡A mí me dijeron a las 2:30, así que esperame!”.

Cerré la computadora, agarré las cosas que llevaría (un libro, los auriculares, las pastillas de calcio para tomar junto con la comida, algunos pesos, los documentos) tomé las llaves, me despedí de mi mujer, que dormitaba, y me fui puteando.

Ni bien me subí al auto (en el que ya había tres pasajeros, además del chofer) dí un apresurado “buenas noches” a mis compañeros de viaje (y de diálisis) y espeté un “¿Qué pasó que viniste tan temprano? A mí Marcela, la Jefa de Enfermería, me dijo que esta noche nos conectaban a las 2:30, no a las 2:00”. “No sé, a mí me dijeron que tienen que estar a las 2:00”. Una mujer mayor, a mi lado, y a quien recién ahí reconocí, dijo “el muchacho tiene razón, a mí me dijeron lo mismo”. Era Noemí, una señora que –al regreso de esa misma sesión me enteraría–vive a cuatro cuadras de mi casa, aquí en Flores.

¿Mal humor? Júntese con Basualdo

El módico mal humor por la descoordinación pronto se disiparía: en el asiento del acompañante estaba Basualdo, paciente que normalmente se dializa en el turno siguiente al mío (él va lunes, miércoles y viernes de 17:00 a 21:00), con lo que generalmente me lo cruzo. Cuando yo salgo, él llega.

Basualdo es, como decimos los argentinos, un “personaje”. Es un hombre de unos 50 y pico de años, con un sentido del humor agudo y temáticamente homogéneo: siempre (siempre) está haciendo chistes sobre lo sexual.

Aquí yo debería utilizar este párrafo para aclarar que la zona del barrio de Flores donde vivo es lo que los porteños conocemos como “zona roja”. Esto es, un sector del barrio (aunque por supuesto no es el único de la ciudad de Buenos Aires) donde la prostitución se ejerce profusamente. Hay quienes dicen que una de las razones (además de que, seguramente, la policía controla zonas, permitiendo el comercio sexual a cambio de un “diezmo”) es que Flores es el barrio porteño con mayor concentración de albergues transitorios por kilómetro cuadrado de la ciudad. Es común, a partir de las 10 de la noche, ver en las esquinas a las “chicas”, escasas de ropas y pintadas para la “guerra”, mirando fijamente a cada conductor cuando pasa, en una insinuación tan antigua como la humanidad misma.

Y no sólo hay “chicas”, sino “chicos”… aunque muchas veces es difícil notar la diferencia. Se entiende, supongo. Es lo que los argentinos conocemos como “travas”… palabra derivada de “travesti”. De ésos también hay… y en proporción creciente.

La cuestión es que en un semáforo el auto se detuvo y, precisamente del lado de Basualdo había “un chica”. Voluptuosa/o, insinuante, y con una “popa” digna de recordar. Basualdo no pudo con su genio: asomó casi medio cuerpo afuera del auto y le gritó “¡Bombón! ¿Cuánto vale tu amor? Te pago lo que sea, mi vida…”

A partir de allí, todo el viaje consistió en chistes, referencias y picardías orientadas, todas ellas, a lo sexual y a la homosexualidad, los travestis y esas cosas. Llegando al centro de diálisis, Noemí le largó, aunque sin ánimo de ofensa, creo, una reflexión algo ácida: “Mire, Basualdo –le dijo, con una voz chillona– no quiero parecer mala, pero ¿usted conoce ese refrán que dice ‘dime de lo que alardeas y te diré de qué careces’?”.

Cuando entramos a la salita de espera (paso obligado para entrar a las salas de diálisis) otros pacientes que ya estaban esperando nos confirmaron que la orden dada en su momento por Marcela, la Jefa de Enfermería, había sido correcta. Nos conectarían a las 2:30. Miré la hora: faltaban cinco minutos para las 2:00. Carajo.

Me puse a hablar con Basualdo. Hace siete años que se dializa. Poco antes de comenzar el tratamiento estuvo bastante mal. Fatiga, náuseas, vómitos, calambres, picazón… tuvo todos los clásicos síntomas de la Insuficiencia Renal Crónica (IRC). Me comentó que está en lista de espera para trasplante de donante cadavérico a pesar de que su hijo le ofreció varias veces su riñón. “Ni en pedo. ¿Y si me lo dona y el día de mañana él empieza con los mismos problemas que yo? No lo voy a dejar sin un riñón”.

Pasó por varios centros de diálisis. Le pregunté acerca de la buena fama del que en ese momento nos acogía en su seno. Hizo un gesto como relativizando el comentario. “No sé, no te creas que es tan bueno. Depende en qué te fijés. Algunas cosas sí, otras no”. Estaba por preguntarle cuáles sí y cuáles no, pero justo comenzaron a salir algunos de los pacientes del turno que ya estaba terminando. Comenzaron los encuentros, los saludos y los obvios comentarios acerca del “garrón” de tener que ir, por segunda vez, a dializarse a esa hora.

Minutos después entramos; nos llamaron cuando comentábamos con Virgilio, un compañero de diálisis del mismo turno que yo, acerca del trasplante renal de la hija del ex futbolista Blas Giunta, asunto del que los medios algo habían difundido y del que comenté algo aquí. Me hizo sentir bien eso: veo que Diario de Diálisis está bien informado…

La sesión

Esta vez me tocó en mi sector habitual, aunque en la fila opuesta, desde la que quedo mirando a los ventanales que dan a la calle Ecuador. Extrañamente, no recuerdo grandes detalles de esa sesión. Es que, evidentemente, todo lo que sucede por segunda vez, ya comienza a ser rutinario de alguna manera.

Sí recuerdo (y esto no es casual) que, como de costumbre, el hambre comenzó a molestarme hacia la primera hora de sesión. Y, extrañamente, aún no habían repartido las “colaciones”, que consisten en un sándwich de jamón y queso (una feta de cada uno) con pan francés (a veces pebete) más un vaso de mate cocido, té o café al que se le puede agregar un chorro de leche, o bien jugo de naranja.

Le pregunté a César, quien estaba de “mucamo” esa noche. Me dijo que estaban esperando que se los trajeran. Pocos minutos después algo me hizo dudar. “¿Que se los traigan? ¿A esta hora? Éste me está verseando”, pensé. Evidentemente estoy grande y desconfiado, pese a que aún no soy un viejo (tengo 41 años).

Sin embargo, unos 15 minutos después llegaron los ansiados sándwiches. En el post anterior comenté que a mí, por capricho mío y porque siempre fui de buen comer, me dan dos. Recuerdo que esta vez el pan fue mejor, más fresco que habitualmente. Uno aprende a disfrutar de pequeñas cosas cuando vive situaciones como éstas. Cada vez que me traen los dos sándwiches, y antes del primer bocado, huelo intensamente el pan, busco su fragancia fresca, alimenticia, pienso en su historia milenaria y en los miles de millones de personas que se alimentan y se han alimentado gracias a él en la historia de la humanidad… el pan que, una vez más, me alimenta a mí durante la diálisis.

Lo demás no contuvo nada muy destacable que digamos. Lo que sí noté es que, ese día, el sector del lado de la pared, donde me había tocado dializarme el 24 de diciembre, estaba completamente vacío. Éramos pocos esa noche: apenas ocho. Promediando la madrugada (serían alrededor de las 4:00) y cuando en el programa que estaba viendo en el televisor hicieron una pausa, noté que Liliana, Jorge y el resto de los técnicos en diálisis se habían recostado en las camillas de ese sector de la sala y conversaban o dormitaban.

Y ya que mencioné el programa que veía: era, creo, en el canal A&E, y dieron un documental sobre la vida del director de cine sueco Lasse Hallström, con una extensa entrevista donde él relataba particularidades de sus películas favoritas y su concepción del cine. Me entretuvo bastante, y me dieron ganas de ver algunas de sus películas, como por ejemplo “Mi vida como un perro”, “¿A quién ama Gilbert Grape?”, “Algo de que hablar”, “Chocolate” o “Las normas de la casa de sidra”.

Un final “a toda cumbia”

La despedida del año, “dialíticamente hablando”, estuvo marcada por el efusivo ritmo de la cumbia. Liliana, mi técnica, había llevado varios CDs de su música favorita (y alguien había llevado un radiograbador), de modo que cuando comenzaron las desconexiones (yo fui el primero) el tema “Bombón asesino“, un éxito arrollador por estas pampas de la mano del conjunto tropical “Los Palmeras”, sonaba casi con toda la potencia de los parlantes.

La sala de diálisis era un paisaje surrealista en ese momento. A la quietud de los pacientes que aún quedaban conectados, se le superponía el ritmo caliente y fervoroso de la cumbia, que hacía bailotear a un par de técnicos (encabezados con pasión por Liliana) en pleno amanecer: ya eran las 6:30 de la mañana. A no ser por las luces blancas y frías, por el paisaje tipo “terapia intensiva” que tiene una sala de diálisis con las máquinas y por el penetrante (y permanente) olor a alcohol y a Pervinox, bien podría decirse que se asistía a las postrimerías de un baile de salón, cuando queda poca gente y la que queda (en pie) baila frenéticamente como consecuencia de las desmedidas ingestas de alcohol.

Poco antes de irme, ví que Liliana bailaba alegremente con uno de los pacientes de la otra sala. Era un hombre algo maltrecho, de piel oscurecida por problemas hepáticos y renales y que, sin embargo, no perdía la alegría en ese insólito amanecer de fin de año.

El viaje de regreso fue breve: las avenidas estaban desiertas y el sol comenzaba a dorar las calles y los edificios. Éramos tres pasajeros. El hombre que bailó con Liliana en la sala de diálisis (esta frase, leída suelta, es francamente bizarra, ¿no?), quien se durmió profundamente a los cinco minutos de viaje; Noemí, quien vive sobre la calle Yerbal con su hija, estudiante de abogacía, a tres o cuatro cuadras de mi casa, y yo.

Me bajé del auto, saludé y antes de entrar en casa recuerdo que aspiré hondo. Estaba cansado, pero sentía cierto alivio. Las dos sesiones “estrambóticas” ya eran un recuerdo. Eran pasadas las 7:30 de la mañana. El barrio dormía plácidamente. Sólo se escuchaba la música de los pájaros.

Entré a casa, con el convencimiento de que no podría dormir. Y así fue. Ya era demasiado “temprano” para hacerlo.

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