Diario de diálisis

Crónicas, reflexiones y sentimientos de un paciente que comenzó un tratamiento de diálisis

SOLOS EN LA MADRUGADA (CON FOTOS)

Posted by Alejandro Marticorena en Viernes, 19 enero, 2007

Éste es un post que “debía” desde hacía rato: una crónica de cómo fueron aquellas dos sesiones de diálisis “estrambóticas” (por el horario: de madrugada), programadas en función de los feriados de los lunes 25 de diciembre y 1º de enero últimos. Tarde, pero seguro. Y con fotos y todo.

Confieso que cuando Liliana, la técnica en diálisis que me atiende, se acercó con una listita en la mano y nos fue leyendo a cada uno el turno que nos tocaba, me dieron ganas de decirle “me estás jodiendo…” Pero hablaba tan seria y tan taxativa que inmediatamente me dí cuenta de que sólo estaba trabajando.

“Tenés que estar acá a la una y media de la mañana del domingo 24 porque te vamos a conectar a las 2, ¿estamos?” fue el escueto aviso cuando pasó frente a mi camilla. Y se fue.

Pasar la noche en diálisis… entrar a las 2:00 AM y salir cuatro horas más tarde, con el amanecer y el canto de los gorriones… Recuerdo que pensé, para mí mismo, “y bueno, ¿no estabas aburrido de tanta rutina?”. Y sí, hay que reconocer que un par de sesiones así son cualquier cosa menos rutinarias… al menos por el horario.

La razón era sencilla. Tanto el 25 de diciembre como el 1º de enero cayeron lunes. Pero fueron feriados, de modo tal que fue necesario “correr” los turnos: las diálisis no se suspenden por nada ni nadie. Menos por unas insignificantes fiestas de fin de año.

La diálisis del 24

Esta sesión contó con un “pequeño” detalle previo: la misma noche en que me dializaría, y poco antes de las 21:00, acá en casa, sufrí un desmayo. Los detalles los contaré en una entrada “ad hoc”, pero baste decir que la causa se sintetiza en que –como me enteraría más tarde– a medida que pasan los meses durante el tratamiento, la tensión arterial tiende a estabilizarse. El punto es que si la medicación antihipertensiva no se reduce (como fue mi caso), ésta termina “tirando” los niveles de presión sanguínea por debajo de lo normal. Eso es lo que me venía sucediendo durante los días previos.

Así que, por incorporarme bruscamente, me desmayé y me golpée la parte posterior de la cabeza y el homóplato derecho, con heridas sangrantes aunque (afortunadamente) no fueron cortes ni fueron profundas, sino simplemente escoriaciones en forma de raspones.

El taxi pasó a buscarme apenas pasada la una. Recuerdo que durante el viaje mi sensación fue prácticamente la misma que cuando, de adolescente, me tomaba un taxi para ir a encontrarme con amigos, ir a bailar, ir a cenar, al cine, etcétera. Las calles exudaban ese clásico clima festivo que se vive hacia los fines de año y por partida doble: por las fechas, aunque también por ser sábado a la noche. O, mejor dicho, domingo de madrugada. Lástima que no iba a bailar ni al cine… iba a diálisis…

El Centro de Diálisis del Hospital Alemán bullía de actividad (y de pacientes) durante el cambio de turno, alrededor de la 1:30 AM, momento en el que yo llegué. Creo que había más gente en la sala de espera que da a la calle Ecuador que un día “normal”. Había una mezcla de personas y turnos bastante curiosa. Cuando entré a la sala, el paisaje tenía parte de lo “familiar” (por conocido) pero de completamente nuevo. Y lo nuevo se notaba, lógicamente, en la gente. Técnicos y pacientes absolutamente desconocidos para mí se mezclaban con mis compañeros (y técnicos) habituales, aunque todos desparramados en ubicaciones inusuales.

De hecho, la ubicación que me tocó a mí fue diferente a la de siempre: contra la pared opuesta a la fila de ventanas que dan a la calle Ecuador. De tal modo que mi fila habitual, que me deja con las ventanas a la espalda, podía verla desde enfrente. Más abajo posteé una foto que saqué esa noche con el celular.

La sesión en sí no fue diferente a otras. El acomodarse en la camilla, buscar el cable con la ficha gracias al cual, y auriculares mediante, uno puede escuchar el audio del televisor (o cualquier aparato que uno lleve y cuente con la ficha universal para conectarlo); los pinchazos, la charla con el técnico de turno, las infaltables bromas, antídoto ideal contra la tristeza que muchas veces nos invade a los pacientes dialíticos…

Yo estaba justo “contra la pared”, de modo que a mi izquierda no había nadie. Sobre mi derecha tampoco, sólo una camilla vacía; llegó más tarde (como una hora y media después) una mujer que, normalmente, se dializa en el turno siguiente al mío, es decir, lunes, miércoles y viernes de 17:00 a 21:00.

Tal como es mi costumbre, a poco de llegar comencé a sentir hambre. Y aquí tampoco hubo la estricta rutina de siempre. Alguien (nunca supe quién) del grupo que se dializó justo antes que nosotros, había llevado una enorme caja, que cuando la ví deduje que había estado profusamente habitada por sándwiches de miga. “Había estado” porque así lo atestiguaban las amplias manchas de grasa en el cartón… aunque afortunadamente quedaban algunos sándwiches sobrevivientes de hambres anteriores, de modo que Liliana, mi técnica en diálisis de todas las sesiones, pasó repartiéndolos.

Me tocaron de los que más me gustan (y de los que menos puedo comer, pero en fin: era la madrugada de Nochebuena). Uno de pan de salvado, con apio y roquefort, y el otro de pan de miga común, creo que de jamón y queso y con un queso crema delicioso que se chorreaba obscenamente por los costados. Me motivó tanto tenerlos sobre mi regazo que hasta los fotografié.

Y, además, nos dieron (como es habitual) lo que se conoce como “colación”, que consiste en un sándwich de pan francés con una feta de jamón cocido y una de queso. Aunque en mi caso me dan dos, en una excepción semiclandestina que ya, a estas alturas, es un secreto a voces que, sin embargo, nadie me prohíbe.

Fue demasiada comida, así que uno de los sandwiches de la colación me lo quedé y lo comí al día siguiente aquí, en casa.

Por lo demás, fue una sesión tranquila. La “rutina” fue alterada solamente por mi relato a la doctora de guardia (quien no ocultaba su fastidio y su mal humor por tener que estar cubriendo ese turno, ese día) sobre mi desmayo y mi caída. Me examinó pacientemente, pese que al inicio de mi relato no me miraba sino que escribía algo en una planilla. Para permitirle concentrarse en esa tarea (y a pesar de que ella me había pedido que le cuente) decidí callarme hasta que terminara… entre otras cosas, porque a mí me gusta que me escuchen cuando hablo. De pronto me miró y con un gesto algo seco para mi gusto me pidió que siga, prestándome atención esta vez.

Me indicó que me aplicara la vacuna antitetánica en forma preventiva, me aplicó alcohol y desinfectante, y me colocó una gasa, aunque sin cinta adhesiva porque la herida era una escoriación provocada por raspadura y no una herida profunda y sangrante.

A lo largo de la sesión, varias veces tuve el recuerdo vívido de cuando viajaba a Bariloche en micro para ir a visitar a mi viejo y encendían la TV para pasar alguna película. La sala por momentos tenía un clima como de “viaje”: gente durmiendo, penumbra, televisores encendidos, el rumor constante aunque apagado de las máquinas dializadoras… la analogía con un viaje en micro era bastante tentadora, aunque no viajábamos a ningún lado… no físicamente por lo menos… en todo caso puede decirse que viajábamos a nuestra próxima cuota de vida… y sí, a veces pienso que la diálisis es el pago de las cuotas para una “vida de alquiler”, ya que de otra manera, y como ya no tenemos la “vida comprada” (aunque nadie la tiene: sólo que pocos lo advierten) tenemos que “invertir” 12 horas semanales para poder seguir viviendo…

La sala, a la que siempre le apagan las luces cuando los técnicos ya terminaron con las tareas de conexión o desconexión de pacientes, se sumió en una penumbra más acusada que durante el día: lógicamente, esta vez no entraba luz por los ventanales que dan a la calle Ecuador. Si bien es cierto que están cubiertos por sendas persianas americanas color gris oscuro, es un hecho que la luz externa, de día, algo alumbra. Pero esta vez era de madrugada… de modo que el aspecto de la sala, con el rumor apenas audible de los 13 dializadores, presentaba un aspecto parecido al de ciertas películas de ciencia ficción donde se plantea el tema de la hibernación artificial para largos viajes espaciales. Recordar la saga de “Alien“, por ejemplo… aunque aquí valdría preguntare si los “Aliens” no seremos nosotros…

Cabe, creo, la aclaración de que normalmente somos 12 pacientes y, por lo tanto, 12 dializadores, pero ese día hubo una confusión y lo hicieron ir a Virgilio Maldonado, un septuagenario y bienhumorado compañero mío de turno, por equivocación esa vez, de modo que tuvieron que conseguir un dializador y un sillón a último momento para él.

Las horas fueron pasando y yo pude entretenerme (y a gusto: esta vez no estaba en mi fila Alberto, ese insoportable fanático de Mirtha Legrand gracias al que no podemos ver otra maldita cosa) con una película norteamericana, tan mala como pegarle a la madre. Y que, encima, a poco de verla descubrí que ya la había visto hace un par de años. Pero en fin: cuando hay “hambre” no hay “pan duro”, de modo que la ví, y hasta me entretuve: cuando volví a mirar por los ventanales, afuera ya había comenzado a amanecer.

Llegó el fin de la sesión y Élida y Patricio, los dos en equipo, procedieron a desconectarme. Élida me hizo reír: me comparó con los coches de Fórmula 1 cuando paran en boxes y se acerca esa miríada de técnicos y ayudantes gracias a los que le cambian las 4 ruedas al auto (y quién sabe cuàntas cosas más) en el término de 20 segundos.

Así que a los pocos minutos me estaba subiendo al remise que me trajo de regreso. Ya era de día, aunque aún el sol no bañaba de dorado las calles, en parte porque no se había elevado lo suficiente; en parte por el cielo, parcialmente nublado.

Llegué a casa pasadas las 7:00, y valga la aclaración de que prácticamente no pude dormir: a mi ya tradicional insomnio, que combatía en ese momento con 0,50 mg. de Alplax (hoy me “pasé” al Rivotril, cuya droga es el Clonazepam, otro ansiolítico) se le sumó la claridad del día, que en mí ahuyenta prontamente las ganas que pueda tener de dormir.

En próximos posts, la diálisis del 31. Como dicen en la industria cinematográfica, “en las mejores salas”.
_______________________________________________________________Los inefables sandwichitos de miga

Los inefables sandwichitos de miga. Uno de pan negro, de roquefort y apio, y el otro más clásico, de jamón, queso y una suerte de mayonesa que a mí me pareció hecha con queso crema. Un manjar… si uno está en medio de una diálisis…
_______________________________________________________________La sala desde mi camilla el d�a 24 de diciembre

La sala desde mi camilla el día 24 de diciembre. Aspecto de la sala a las 2:25 AM. Los infaltables televisores colgando del techo, y el mostrador que sirve (de paso) para dividir ambos sectores de la sala. En el que se ve enfrente, en penumbras, me dialzo yo habitualmente. En primer plano, mis pies. Parece que no logro escapar a cierto egocentrismo: algo mío siempre tiene que figurar…
_______________________________________________________________Vista derecha

Vista derecha. A las 2:26 AM, a mi derecha se veía esto. Se alcanza a ver a un paciente “en tránsito” (vive en el interior del país y vino a pasar las fiestas a Buenos Aires) que, recuerdo, traía un sobrepeso alarmante. Era un tipo de muy buen humor y humilde, como generalmente es la gente de provincia.
_______________________________________________________________Las cinco de la mañana pasadas

Las cinco de la mañana pasadas. Foto tomada a las 5:07, poco menos de una hora antes de irme. El sector que se ve iluminado es donde habitualmente me dializo. Se alcanza a ver vagamente, vestida de violeta, a Nilda Urrutia hablando por celular, una compañera mía de diálisis de 77 años de quien escribí un perfil en el post “Los compañeros de diálisis”.

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4 comentarios to “SOLOS EN LA MADRUGADA (CON FOTOS)”

  1. lina said

    vaya, nosotros teníamos televisión, pero nunca la ponían. sólo estuve dos meses en una sala como esa. el penúltimo día me robaron mi ipod, así que no tengo un buen recuerdo de aquellos días… a veces vuelvo al hospital y veo a mis antiguos compañeros de camilla que siguen en su camilla. yo ahora estoy en “peri”. en fin… supongo que hay infinidad de casos.
    volveré otro día.
    mucha suerte!

  2. Hola, Lina. Al parecer, los robos son moneda corriente… y a nivel internacional, no sólo en España, tu país. Recuerdo que meses atrás le robaron el reproductor de MP3 a Teodora, una viejecita de 79 años que padece una clase de leucemia y se dializaba (ahora está internada) en la misma fila que yo.

    Por supuesto, jamás reapareció el reproductor de MP3…

    Gracias por escribirme. Un beso,

    Alejandro Marticorena

  3. Maria Fernanda "Nanu" said

    Hola Alejandro! Te cuento que hace 15 años atras, nosotros en la sala, teniamos camas, no sillones y contabamos con un televisor, una video reproductora y un grabador. Veiamos peliculas y cuando no, escuchabamos musica. Solia haber en ese tiempo algun médico pasante con dones artísticos que nos regalaba una buena guitarreada… pero no teniamos sandiwichitos!
    Era un momento especial, pero teniamos una gran contención por parte del personal hospitalario… y viceversa.
    Un abrazo!

  4. ¡Hola, Nanu! Gracias por escribirme. Me interesa mucho esto que me contás. ¿Sos de la Argentina? Si es así, ¿de qué parte? ¿Estás en diálisis aún? ¿Dónde sucedía esto que me contás? Dale, contame tu historia: estoy tratando (sin mucho éxito hasta ahora) de que, quienes me escriben y han hecho diálisis hace varios años, me cuenten cómo era antes, ya que tengo entendido que muchas cosas han cambiado (para mejor, por suerte).

    Creo que sería muy enriquecedor para todos los que pasan por este blog (y para mí, por supuesto) conocer historias como la que, brevemente, me contaste en tu comentario.

    Te mando un beso, gracias por escribirme y espero que lo sigas haciendo.

    Un beso,

    Alejandro Marticorena.

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