Diario de diálisis

Crónicas, reflexiones y sentimientos de un paciente que comenzó un tratamiento de diálisis

MI EXPERIENCIA EN LA GUARDIA DE UN SANATORIO “DE NIVEL”…

Posted by Alejandro Marticorena en Domingo, 17 diciembre, 2006

Dos posts atrás prometí relatar mi experiencia en la guardia del Sanatorio de la Trinidad Palermo.

Allí tuve que ir buscando un traumatólogo de guardia luego de que el el Centro de Diálisis del Hospital Alemán me recomendaran consultar con un traumatólogo por la bursitis que se me desarrolló en el codo izquierdo.

Acá tengo que decir algo. Quizás como consecuencia de mi situación a nivel salud, me he vuelto, creo, bastante más perceptivo sobre la experiencia (y, por qué no, idoneidad) de ciertos profesionales de la medicina a partir de ciertos signos (miradas, preguntas, actitudes, gestos) que posiblemente pasen desapercibidos para quienes gozan de un estado de salud óptimo o, por lo menos, no deben interactuar tanto con médicos como alguien que, como yo, está en tratamiento de diálisis.

Llegué a la guardia y, hechos los trámites de rigor (presentación de la credencial de mi obra social, Galeno), tuve que esperar –no mucho, nobleza obliga– a ser atendido. Me hizo pasar el traumatólogo de guardia y me llevó a un consultorio donde me atendió, como quien diría, “de parado”. Ni bien entré tuve que esperar un minuto a que terminara una llamada que le habían hecho a su celular. No sé si me he vuelto algo susceptible o si he comenzado a buscar “el pelo en la leche”, pero sinceramente debo decir que ambas cosas, más la primera que la segunda (que me atendiera “de parado”, sin siquiera invitarme a tomar asiento), no me cayeron bien.

Le expliqué por qué había ido allí, no sin aclararle que yo era un paciente en tratamiento de diálisis desde hace cinco meses. Palpó mi codo y me dijo que lo espere. A su regreso me preguntó si tenía tiempo. Yo no estaba dispuesto a perderme otra media mañana repitiendo mi visita a la guardia, de modo que le dije que sí. Me explicó entonces que, como consecuencia de que yo estaba haciendo un tratamiento de hemodiálisis, debía consultar con una médica infectóloga para la eventualidad de que fuese necesario recetarme algún antibiótico.

Esperé, esta vez un poco más que la primera. Volvieron a llamarme. Me condujeron a un consultorio diferente. Entramos, primero, el traumatólogo de guardia, quien me había atendido la primera vez, y yo. Luego, ingresó un pequeño “comité”, integrado por la médica infectóloga ya aludida, el Coordinador del Servicio de Guardia del Sanatrorio de la Trinidad Palermo, y una tercera persona (mujer) que ni me presentaron ni se presentó, vestida como médica.

De modo que, al minuto, yo estaba siendo observado e interrogado por un traumatólogo, una médica infectóloga, y un médico Coordinador del Servicio de Guardia del… (etcétera). La cuarta médica (si es que era médica) estaba como oyente. O de repuesto por si alguno de los otros fallaba, no lo sé ni lo sabré.

Me preguntaron cuánto hacía que me dializaba. Dónde. Cómo había llegado a esa situación. Qué medicamentos estaba tomando. Una de las preguntas, por el contenido y por el autor, me alarmaron. “¿Tenés antecedentes de ácido úrico alto?” fue la pregunta. Mi respuesta, involuntariamente, adoptó (supongo) un visible sesgo irónico. “Y, sí: padeciendo de Insuficiencia Renal Crónica, es como esperable, ¿no?” respondí.

Si la pregunta me la hubiera hecho el almacenero de la esquina de casa, mi actitud hubiese sido casi didáctica. Un almacenero no tiene por qué saber que la Insuficiencia Renal Crónica (IRC) acarrea, entre muchas otras cosas, un aumento del ácido úrico en sangre, como consecuencia de la ingesta de carnes.

Pero no: lo alarmante de la pregunta es que me la hizo el Coordinador del Servicio de Guardia del Sanatorio de la Trinidad Palermo (esta vez pongo el cargo completo para que se note por qué me alarmé). Si un profesional de la medicina con ese cargo no es capaz de deducir que alguien que está en hemodiálisis padece (y padeció) de IRC y que, consecuentemente, tuvo elevados índices de ácido úrico en sangre, estamos “en el horno”, como se dice habitualmente en la Argentina desde hace un tiempo.

La cuestión es que luego de la múltiple visita me dejaron solo y se fueron a deliberar. Unos diez minutos después volvió el traumatólogo y me explicó lo que habían resuelto. Primero: recetarme Paracetamol, un analgésico desinflamatorio bastante difundido al menos en la Argentina y, lo más importante, barato. Me explicó que, por mi condición de paciente en diálisis es el único analgésico antiinflamatorio que puedo tomar. Por ese motivo no puedo ingerir Ibuprofeno. Y segundo: hielo. Un desinflamatorio (calculo yo) centenario, y de uso mucho más popular en la época de nuestras abuelas, cuando el paracetamol seguramente no existía. Ah, tercero, casi me olvido: que una semana más tarde asistiera a consultorios externos del mismo sanatorio “para control”. Y algunas recomendaciones: que no me rasque el codo ni lo apoye en superficies ásperas, ya que existe riesgo de infecciones porque hay bacterias, virus y gérmenes que atraviesan la piel lastimada. Que trate de no apoyarme en el codo, y menos al dormir. Que intente no golpearme.

En síntesis: cuatro profesionales de la medicina a mi alrededor, más de una hora y media en total invertida en asistir a la guardia del mencionado (y coqueto) sanatorio… para que me recetaran Paracetamol y hielo. Y recomendaciones que, de hecho, vengo siguiendo por intuición: con esta molestia en el codo, obviamente trato de no apoyar el codo, no golpearlo, no lastimármelo.

Comenté todo esto en el centro de diálisis. El médico al que consulté me dijo (aunque ya me lo había dicho antes de que fuera a la guardia) que normalmente se punza, o bien se administra un corticoide en forma local en caso de que la bursitis no se reabsorba en forma espontánea. “Probablemente por eso sólo te prescribieron un antiinflamatorio”, me dijo. “Esperemos unos días y vemos”.

Otro de los médicos con quienes hablé fue, justamente, el coordinador del centro de diálisis, quien en definitiva resolvió punzarme en el momento. Esto lo conté dos posts atrás. Él me dijo, y me lo ratificó otro de los nefrólogos del mismo lugar, que sí puedo tomar Ibuprofeno. Este analgésico es contraindicado cuando uno tiene IRC y no hace diálisis, ya que puede causar afecciones o daños tanto estomacales como renales. Pero si uno ya está en tratamiento, el daño renal deja de ser un problema porque la función renal “de vida o muerte” que hace el riñón, que es el filtrado de la sangre y la eliminación del exceso de líquido, la hace el dializador.

En definitiva, mi percepción fue que en la guardia del Sanatorio de la Trinidad realmente no supieron qué demonios hacer con un paciente dialítico que asiste con una bursitis. Y que, ante riesgos de infección y, calculo yo, desconocimiento cabal sobre la diálisis y la IRC, no quisieron “mancharse” mucho con el asunto. El asunto era yo, claro. Por eso, optaron por la vía menos riesgosa, la menos comprometida y, por lo tanto, la menos peligrosa: un desinflamatorio leve, hielo, tres o cuatro recomendaciones, y “vuelva la semana próxima a consultorios externos para control”.

Acaba de ocurrírseme una pregunta, que bien podrían haberse formulado ellos: ¿y si hubiesen llamado al centro de diálisis del Hospital Alemán para una interconsulta? Después de todo, me atienden allí, tienen mi historia clínica, los nefrólogos me conocen, son especialistas en diálisis e IRC…

Evidentemente, muchas cosas funcionan mal en el sistema de salud argentino. Y, como se ve, no sólo en el sector público, como insiste en sostener cierto mito muy popular.

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2 comentarios to “MI EXPERIENCIA EN LA GUARDIA DE UN SANATORIO “DE NIVEL”…”

  1. Eduardo said

    Yo creo que cuando un médico, en este caso, que llama a tantos colegas para decidir algo no sólo está inseguro sino que quiere compartir la culpa o la responsabilidad. Es decir, no está seguro de acertarla. Porque si lo estuviera, se guardaría la gloria para sí solo ¿no te parece?

    Igual, pasa en muchísimas otras profesiones…

  2. Efectivamente, Edu. Totalmente de acuerdo. Es como dice el refrán: “la gloria tiene mil padres, pero la derrota es huérfana”. Y como tal, pasa en todos los ámbitos…

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