Diario de diálisis

Crónicas, reflexiones y sentimientos de un paciente que comenzó un tratamiento de diálisis

¿”GAJES” DEL “OFICIO”?

Posted by Alejandro Marticorena en Sábado, 19 agosto, 2006

Durante la diálisis del lunes pasado (14 de agosto) sufrí el primero de los “accidentes”, si cabe llamarlos así, a los que uno puede estar expuesto durante un tratamiento de diálisis.

Para empezar bien con el relato, digamos que, además de ser lunes, hubo otras causas por las que el día amaneció mal parido. La primera ya se dijo: era lunes. Lunes, después de haber pasado un fin de semana (particularmente un domingo) hermoso.

La segunda: amaneció muerto nuestro hamster, Teodoro. No llegaba a los cuatro meses de vida. Si bien estos bichos no suelen ser precisamente longevos en términos humanos, se supone que deberían “durar” al menos dos o tres años. Por lo menos eso nos dijeron en el acuario donde lo compramos. Sí, era un hamster pero lo compramos en un acuario, donde además venden hasta arañas, lagartos, conejos y camaleones.

La cosa es que el deceso de nuestra última mascota se sumaba al fallecimiento, en los últimos dos años, de tres peces y una gata. Los primeros por haberse rajado la pecera en que vivían, haberse escapado el agua y, consecuentemente, haberse quedado sin posibilidades de respirar. Y todo esto ocurrió de noche. Cuando amaneció, curiosamente no quedaban rastros ni del agua. Está bien que era verano y hacía calor, pero el hecho no dejó de llamarme la atención: cómo pudo “evaporarse” tan rápido el agua contenida en una pecera de 60 centímetros de largo, 30 de alto y 30 de ancho prácticamente si dejar otro rastro que unas cuantas tablitas de parquet algo húmedas, es algo que jamás terminaré de comprender.

En cuanto a la gata, digamos simplemente que se cayó del balcón, y no sobrevivió –a excepción de las tres primeras horas luego de la caída– a los cinco pisos que la separaban del suelo.

Y ahora se sumó el hamster. Más allá de que siempre es un garrón tener que dar la mala noticia al hijo de uno (afortunadamente o no, él ya estaba en la escuela cuando nos percatamos de que nuestra mascota ya no pertenecía a este mundo) también es cierto que uno se encariña con estos bichos. Y un duelo siempre es un duelo.

Y hablando de duelos, al día siguiente de que nos quedáramos sin mascota (el martes 15) se cumplía un año de la muerte de Ana, segunda esposa de mi padre y una suerte de segunda madre por adopción que la vida me dio, a cambio de la temprana separación de mis padres, cuando yo tenía siete años.

De modo que ya tenía motivos para arrancar un lunes con un humor algo particular.

La frutilla del helado, era que, encima, tenía que ir a diálisis. Y era uno de esos días en que uno lisa y llanamente no tiene ganas de ir. Está bien: la salud es lo primero, si uno no va a diálisis es peor, el camino final es la muerte, etcétera. Pero a nadie (y mucho menos a mí) le gustan las rutinas, y menos una como ésa.

Así que llegué bastante malhumorado. Durante los últimos años he verificado que mis reacciones ante la adversidad han virado de la tristeza al enojo, cuando no a explosiones de ira dignas del personaje de Gary Oldman en “El perfecto asesino“.

La cuestión que llegué con el tiempo justo. A las doce, momento en que comienza mi turno de diálisis, estaba tocando timbre en la puerta. A primera vista no parecería tan mal. El punto es que, desde que uno cruza la puerta hasta que finalmente está recostado y conectado al dializador pasan no menos de 10 o 15 minutos. Cuando entro, cuelgo mi campera en el armario de la entrada; saco las cosas que utilizaré para no aburrirme durante la sesión (el lunes eran “El evangelio según Jesucristo”, de Saramago; el libreto de la comedia que estamos ensayando en el taller de teatro, y unos textos sobre la Sociedad de la Información); me quito los zapatos; me peso y, finalmente, me acerco a mi camilla.

Tardé más de lo que hubiera querido porque dos camilleros trataban infructuosamente de movilizar a un pobre viejo en silla de ruedas hasta la puerta de salida, previa escala en la balanza. Claro que no lo pesarían de pie: el viejo a duras penas podía con su cuerpo. Parecía un títere al que le hubieran cortado los piolines. Bueno, la cuestión que, hasta que lograron colocar la silla de ruedas sobre la balanza (es una suerte de chapa de un metro cuadrado al mismo nivel del suelo) y sacarlo por la puerta, pasaron unos preciosos minutos.

Me dirigía hacia mi camilla cuando Liliana, la técnica en diálisis que me atiende siempre, me gritó desde el medio de la sala: “Vamos, Aleeeeeeeeeee”. Más arriba mencioné como al pasar algo sobre mis arranques. Bueno, fue demasiado. Sin gritar, aunque reconozco que con un tono de voz bastante firme, le contesté “Momento que bastante apurado vengo yo como para que me andes apurando vos, eh”.

En fin, se ve que mi raye predispuso mal a Liliana. O por lo menos prefiero pensar eso. La cosa es que cuando me colocó la segunda aguja sentí algo extraño. Mejor dicho, cuando encendió el dializador. En lugar de no sentir nada, como siempre, comencé a sentir, inmediatamente, una extraña presión en el interior del bícep izquierdo, precisamente donde estaba clavada la aguja. No llegué siquiera a preguntarle a Liliana qué pasaba, porque se disparó la alarma del dializador (las alarmas suelen dispararse cuando detectan, por ejemplo, alguna modificación de la tensión arterial o venosa por fuera de los límites prefijados).

El dolor fue en aumento y se hizo prácticamente insoportable a los pocos segundos. Liliana hizo una mueca de disgusto. “Se infiltró. Se re-infiltró, pucha digo”. Hacía pocos días yo había visto lo mismo en Alberto, un viejo que se dializa siempre al lado mío. Y el espectáculo no fue nada agradable: ver cómo se hincha un brazo como consecuencia de una hemorragia interna no es lindo. Y menos si el brazo es de uno.

Liliana procedió con rapidez. Trajo una suerte de sachet con un gel congelado y me lo colocó sobre la zona inflamada. Inmediatamente, buscó otro punto por donde punzarme.

El pinchazo que se siente con las agujas que se usan para la diálisis es bastante importante. Baste con decir que el largo de las agujas bastaría para atravesar los dedos índice y mayor… lo cual no es mucho, comparado con cualquier jeringa, pero el punto es el grosor: son algo más delgadas (aunque no mucho) que los tanques de tinta de las biromes bic. Y se introducen todas en la vena. Sin embargo, esa vez no recuerdo el pinchazo. Toda mi atención estaba puesta en la hinchazón del brazo, que no parecía querer aflojar. Encima, tenía puesta una camisa y un pulóver, arremangados casi hasta el hombro, que comenzaron a hacer un efecto torniquete.

Así tuve que pasar la diálisis: con un brazo muy hinchado a la altura del bícep, con un sachet de gel frío sobre la zona inflamada, y sin poder quitarme el pulóver, porque ya estaba conectado.

La frutilla del postre fue más o menos una hora antes de finalizar la diálisis. Liliana se acercó para reubicar el sachet, e intentó –creo– subirme la manga del pulóver. No recuerdo que me haya dolido particularmente, pero se ve que el movimiento me impresionó profundamente… porque tuve una lipotimia. Si bien yo venía con la presión alta (la máxima no me bajaba de 15) de pronto cayó a 12-6. En medio de la espantosa sensación de estar aturdido, con un molesto siseo en los oídos, viendo destellos por doquier y sintiéndome morir, alcancé a escuchar a Élida, una de las técnicas, informándole a Liliana el valor de la tensión sanguínea, mientras Lili decía en voz alta, como anunciándolo a toda la sala, “Se descompensó”.

Todo pasa en la vida, y afortunadamente esa sesión (la peorcita que recuerdo, desde que empecé) también. Me indicaron que me ponga hielo y que me tome un Paracetamol cada seis u ocho horas, dependiendo de la molestia. Me fui, pero me quedé sin clase de teatro y sin mi habitual reunión de los lunes con mis amigos, en un bar cerca de mi casa.

¿Puede decirse que fueron “gajes” del “oficio”? No lo sé. Lo que sí sé es que saqué varias conclusiones del episodio. Pero la más importante, creo, es que de nada vale agarrársela con el entorno, menos aún si el bienestar de uno está en manos de alguien de ese entorno.

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2 comentarios to “¿”GAJES” DEL “OFICIO”?”

  1. julietitta said

    esta bien feo esto y no encuentro nada. haganlo mejor
    ESPERO QUE L MEJOREN PLISSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSSS

  2. Julieta, no sé qué es lo que buscaste y no encontraste, pero te comento que, sobre la barra lateral izquierda, hay un pequeño sector que dice “Buscar” con un cuadro para escribir la o las palabras de búsqueda, tal como en el Google.

    Por lo demás, y ya que lo mencionaste, me gustaría que me des tus sugerencias para mejorar el blog. No tengo demasiados conocimientos de programación html ni de diseño web, sólo soy un periodista que se vale de la plataforma on-line que provee una empresa gratuitamente (en este caso Word Press) y hace lo que puede, en forma individual aunque con las colaboraciones de quienes me escriben dejando sus comentarios y, a veces, contándome sus historias.

    Espero tu respuesta. Gracias por escribirme.

    Alejandro Marticorena.

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