Diario de diálisis

Crónicas, reflexiones y sentimientos de un paciente que comenzó un tratamiento de diálisis

AMANECER DE UN DÍA AGITADO

Posted by Alejandro Marticorena en Martes, 9 junio, 2009

El 19 de mayo pasado fue martes, y tenía que ser un día donde lo que debía predominar era el disfrute, pese a que sería una jornada laboral.

¿Cómo es esto? Pues bien: el martes 19 era un “día de puertas afuera” o, dicho en léxico “de empresa”, haríamos un “outdoor“. Que no significa otra cosa que eso: un día en que todo un grupo de trabajo se va a un lugar lindo a pasar el día y a hacer actividades lúdicas con el fin de reflexionar sobre dinámica de equipos, integración, roles, relaciones interpersonales, cómo generar un mejor clima de trabajo, etcétera.

¿Qué tiene que ver todo esto con la diálisis? “Todo tiene que ver con todo“, decía el conductor televisivo Pancho Ibáñez en los ’80, y tenía razón…

El viaje de ida

Casco de la Estancia Santa Elena, en Villa Flandria

Casco de la Estancia Santa Elena, en Villa Flandria

Nos habían citado temprano. A las 9:30 debíamos estar en el lugar de reunión: el casco de la Estancia Santa Elena, justo al costado de un pueblo llamado Villa Flandria, muy cerca de la ciudad de Luján, aproximadamente a unos 80 kilómetros de Buenos Aires, donde vivo.

Como suele pasar en estas ocasiones, el día anterior se habían terminado de ajustar los detalles de los traslados. No sé por qué razón, y a diferencia de otras “movidas” de este tipo, no se reservaron combis para el traslado de todos los integrantes del área (unas 40 personas), con lo que muchos se “subieron” a los automóviles particulares de quienes los tenían y querían usarlos.

En mi caso, la noche anterior llamé a una antigua compañera de trabajo (que en otras épocas fue mi jefa) preguntándole si habría lugar en su auto. Ya viajaban tres mujeres más con ella, a las que me agregaría yo. “Bendito seré entre todas las mujeres“, pensé cuando corté la llamada en la que arreglamos que nos encontraríamos a las 8:15 en la puerta de su casa, distante apenas 25 cuadras de la mía.

A las 8:00 del día siguiente lo estaba dejando a mi hijo en su escuela, como siempre, pero un imprevisto (leve, pero imprevisto al fin) me obligó a retrasarme unos minutos. No muchos, pero decisivos. Comprendí que no llegaría al punto de reunión a las 8:15 en punto como era mi idea; me hacía sentir incómodo saber que habría cuatro personas esperándome, y por añadidura nos habían pedido que fuéramos puntuales con el horario de llegada.

Por lo tanto llamé a esta compañera para decirle que se fueran sin mí, y que no se hicieran problema: yo iría en mi propio auto. Así que con absoluta tranquilidad fui hasta el garage y me dispuse a disfrutar del viaje, que duraría poco más de una hora.

Nos habían preparado unos mapitas muy decorosos, gracias a los que pude llegar prácticamente sin dificultad alguna hasta el desvío hacia Villa Flandria, un par de kilómetros después del final de la Autopista del Oeste. La espesa niebla que me había acompañado durante gran parte del trayecto empezaba a levantarse en enormes copos de algodón que se elevaban en un cielo cada vez más celeste.

La llamada

Estaría a unos escasos 300 metros de la entrada del lugar cuando sonó mi celular. Miré la hora. Eran casi 9:30. “Ni queriendo hubiera sido más puntual“, pensé mientras atendía despreocupadamente, sospechando una llamada de alguien del grupo de trabajo. Me llamó la atención que en el visor del teléfono decía “Número privado”.

Era la doctora Aldana Lizarraga, del Hospital Italiano. “Es para informarte que estás en operativo de trasplante“, me dijo. Y sin darme mucho tiempo a reaccionar, prosiguió. “Tenés que ir al Hospital Castex de San Martín para hacerte el ‘cross match’ y después tenés que venirte acá al Italiano para que te dialicemos“.

Silencio. Absoluto silencio. Eso era lo que se produjo en mi mente en ese instante. Reaccioné ante el “hola” de la doctora Lizarraga, quien seguramente pensó que se había cortado la llamada. “Sí, acá estoy“, le dije. Ya no estaba manejando: instintivamente había estacionado el auto a un lado del camino, una cinta de asfalto casi nada transitada con un enorme descampado a mi derecha, una arboleda a mi izquierda y ni un alma humana a la vista. La doctora, paciente, me repitió todo otra vez. Alcancé a decirle que el último cross match me lo había hecho el 22 de febrero en la Fundación Favaloro (esto lo conté acá) y que como me habían dicho que tenía una validez de tres meses no hacía falta, pero me explicó que ese cross match se había hecho “contra una población genérica, pero éste te lo tenés que hacer contra un donante específico“.

Traté de organizar mis pensamientos. Traté de explicarle que estaba a 80 kilómetros de Buenos Aires y que no tenía la menor idea de cómo llegar nada menos que a un ignoto hospital en la localidad de San Martín, la que quizás menos conozco y menos he recorrido de todo el conurbano bonaerense. Me dio la dirección: “Ruta 8 y Diego Pombo, ¿lo anotaste?“. “¿Anotar? ¡Estoy en un auto en el medio del campo, no tengo ni papel ni lápiz y no puedo anotar nada!” le dije, terriblemente ansioso. Creo que se dio cuenta porque –previo aviso– me pasó con la secretaria del servicio, quien luego de decirme “buenos días” me dijo “Alejandro, destildate, estás nervioso pero te tenés que calmar: tranquilo, anotate o recordá el teléfono del hospital, llamá y te van a explicar cómo llegar“.

Grabé el número de teléfono del hospital Castex de la localidad de San Martín marcándolo en el celular antes de cortar con la secretaria del servicio (creo que se llama Silvina) y, tras agradecerles a ella y a la doctora por la paciencia, llamé al hospital que, en realidad, y desde hace un tiempo, se llama “Eva Perón”. Me explicaron cómo llegar de dos maneras diferentes, aunque elegí la más segura, aunque más larga: desandar el camino hasta la Avenida General Paz, girar hacia mi izquierda y bajar en el desvío a Ruta 8. Y ahí, preguntar.

Corté. Creo que me quedé unos segundos inmóvil, con el teléfono en la mano, sin saber qué hacer, qué músculo mover primero. Sentí una mezcla de susto, ansiedad, angustia y bronca. Lo que iba a ser un tranquilo día de campo bajo el sol, en compañía de mis compañeros de trabajo, se había transformado en unos pocos segundos en un operativo de trasplante, entradas en hospitales, una casi segura diálisis, esperas, ansiedad, miedos… un completo despelote. Recuerdo la sensación de mirar el lugar donde estaba sin poder creer lo que me estaba pasando. En mi auto, detenido en medio del campo y de la nada, a 80 kilómetros de todo, teniendo que ir a un hospital del que no tenía la más peregrina idea de dónde estaba, absolutamente solo y sin saber cuál sería el rumbo de mi vida en las tres horas subsiguientes. Y tan sólo eran las 9:40 de la mañana cuando corté.

Creo que va a ser un día ‘heavy’“, pensé cuando giraba 180 grados para comenzar a desandar el camino, ya que no me quedaba otra opción. Después de todo se trataba de la posibilidad de un trasplante.

La búsqueda

Así fue como cinco minutos más tarde estaba retrocediendo los casi 80 kilómetros que había recorrido para llegar hasta allí. No recuerdo bien ese viaje: sólo sé que estaba atento para no pasarme de la bajada a la General Paz. Creo que estaba como en estado de shock: lo que debía ser un tranquilo día de campo, se había transformado brutalmente en una saga de acción, al mejor estilo de la serie “24“.

Algo más de una hora después, y luego de preguntarle a un par de peatones dónde estaba el hospital, llegaba. En la entrada un médico algo canoso me indicó el camino para llegar a la unidad del establecimiento donde me harían el cross match (una extracción de sangre). Hice bastante rápido. Entré a eso de las 11:00 de la mañana; 11:20 ya estaba subiéndome al auto otra vez.

Recuerdo que recién ahí comencé a tranquilizarme, a bajar lentamente las revoluciones, la adrenalina, la ansiedad. Creo que una vez que encontré el hospital, el resto sería moverme en territorio conocido. Sabía cómo ir desde allí hasta el Hospital Italiano: sólo era cuestión de llegar hasta la General Paz otra vez, ya que del otro lado –es decir, del lado de la Capital Federal– el puente que debía cruzar se transformaba en la Avenida San Martín, la que sólo debía seguir derecho para desembocar en el barrio de Caballito, donde pasé toda mi infancia, y desde donde era pan comido llegar, finalmente, al Italiano.

Una de las primeras cosas en las que pensé cuando salí de Villa Flandria fue en cuándo y cómo avisarle a mi mujer, Lucía. Ella es docente, y hasta luego del mediodía no se libera de sus alumnos. Que son chicos, valga la aclaración: es maestra jardinera, así que no tienen más de 5 años. Pensé que no tenía ningún sentido avisarle ni bien me enteré porque ella no podría hacer nada por mí (no en ese momento, al menos); lo único que lograría sería ponerla nerviosa en vano, justamente porque no podría hacer nada, y no podría dejar a sus alumnos solos de buenas a primeras. Así que resolví esperar a la hora en que ella llega a mi casa para avisarle y saber con certeza en qué situación estaría yo.

La llamada (2)

Serían aproximadamente las doce menos cuarto del mediodía cuando miré la hora y pensé que en 30 minutos más ya tendría un panorama más claro de la situación y estaría en condiciones de llamar a Lucía para contarle. Ya estaba cerca de Caballito, así que en unos 15 minutos más estaría llegando al Hospital Italiano.

Fue entonces cuando me llamaron nuevamente. Era la doctora Lizarraga otra vez, pero para informarme esta vez que el trasplante no se efectuaría porque habían descubierto algo en los órganos del donante que no los convencía. Que no me preocupara porque no es que me descartaban a mí, simplemente esos órganos no serían trasplantados.

Nuevamente descubrí que instintivamente había estacionado, sin darme cuenta. La doctora Lizarraga me pidió disculpas y me dijo “podés seguir con tu vida nomás“. Le agradecí, en cambio, que me hubieran llamado nada menos que por un operativo de trasplante.

Corté. Otra vez me quedé unos segundos inmóvil. Comencé a sospechar seriamente en que todo había sido producto de un sueño. Pero no, todo era real, el sol en mi cara era real, y las bocinas, el tráfico, el módico dolor del pinchazo en el hombro derecho para el cross match, eran todos muy reales.

Así que nada: otra vez dí media vuelta, y rumbo a Villa Flandria de nuevo. No eran las 12:00 aún, y con un poco de suerte llegaría a tiempo para el almuerzo, que calculaba para las 13:00.

Efectivamente, a eso de la una de la tarde estaba llegando y, tal como lo imaginé, justo para almorzar. Me recibieron mis compañeros de trabajo, muchos de los cuales ni siquiera se habían enterado –yo le había avisado a mi jefe directo la novedad, pero él no llegó al lugar sino un rato antes que yo– y digamos que luego del almuerzo sí puedo decir que el resto de la jornada fue… “normal”, si cabe el término.

Hay una película de Los Beatles que se llama “Anochecer de un día agitado“: creo que nunca antes una frase describió mejor una sensación cuando, al anochecer, volvía a Buenos Aires por segunda vez en el día, conociéndome casi de memoria el recorrido y saboreando los sobresaltos de un día que tuvo mucho de odisea.

La experiencia de ese segundo (y abortado) operativo de trasplante me dejó, creo, algunas enseñanzas y reflexiones. Pero bueno, eso será materia de otro post.

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5 comentarios to “AMANECER DE UN DÍA AGITADO”

  1. GABRIELA said

    VAMOS…ESTAS CERCA, YA SE TE VA A DAR TODo………….falta poco ya…..
    TE CUENTO QUE POR ACA TODO SIGUE IGUAL, MI PAPA CONVIVIENDO CON SU DIALISIS Y SUS PEQUEÑOS INCOVENIENTES CUANDO APARECEN, PERO LO MAS BUENO ES QUE POCO A POCO ESTA QUERIENDO HACER LOS PAPELES Y ANALISIS PARA ENTRAR EN LISTA DE ESPERA.( NO QUERIA SABER NADA DEL TEMA QUIZAS POR MIEDO O DESESPERANZA, ACA EN SALTA SE HACEN OPERATIVOS A VECES PERO LOS ORGANOS NO SIEMPRE QUEDAN ACA).
    BUENO, ME DESPIDO QUEDANDO EN CONTACTO.

  2. ¡Que odisea realmente! Vuelvo a repensar en los post sobre sicología para enfermos en diálisis qu epoteste. Y pienso que nos deberían preparar para algo así. Por ejemplo si no nos podemos concentrar en recordar el un número o una dirección que nos los envíe por mensaje de texto al celular, algo que no cuesta caro, se puede enviar gratis y queda claramente registrado sin el error probable de nuestra revolucionada mente en esos momentos.
    Al menos ya estás en carrera. Yo estuve a punto de operarme de la paratiroides y JUSTO se me tapó el acceso vascular. Catéter en el cuello, infecciones posteriores, una posible colección en la prótesis que me quisieron destapar, otra operación para dejar drenaje, la infección que no se iba hasta que me cambiaron el antibiótico, etc. Todo eso me pasó en este tiempo por lo cual no pude ni siquiera conectarme a internet. Si sabremos de contratiempos quienes estamos en diálisis. Por ahi resulta algo extraño para quién no lo padece o lo vive desde afuera.
    ¡¡¡Otra coincidencia entre vos y yo es que nuestras esposas son maestras jardineras!!! Aunque mi mujer no ejerce, estuvo haciendo suplencias y nada más.
    Bueno un abrazo y te deseo mucha suerte y que la próxima llegue así, rápido y de imprevisto, que seguro sale mejor que algo demorado y pensado.

    Saludos

  3. [...] AMANECER DE UN DÍA AGITADO [...]

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