Diario de diálisis

Crónicas, reflexiones y sentimientos de un paciente que comenzó un tratamiento de diálisis

MI PASO POR EL INSTITUTO DUPUYTRÉN (II)

Publicado por Alejandro Marticorena en Miércoles, 15 agosto, 2007

La internación

Las imágenes que percibí, en medio de esa suerte de semiinconsciencia producto del malestar que tenía, agravado por haber tenido diálisis pocas horas antes, son muy parecidas a las tomas subjetivas que se usan para esas películas que transcurren en (o que tienen relación con) hospitales. Desde el viaje en ambulancia, acompañado por mi fiel Lucía, hasta el traslado en camilla por los pasillos del Instituto Dupuytren.

A veces la mente trabaja de un modo extraño. Recuerdo que en la ambulancia, recién subido, tuve primero una suerte de “déjà-vu”, que en rigor era una evocación de poco menos de dos años antes, cuando otra ambulancia me trasladaba desde el Sanatorio Santa Isabel, en el barrio de Flores, al (por entonces) Sanatorio Mitre, hoy Trinidad Mitre, por una crisis anémica producida por una gastritis erosiva con hemorragia. Luego, lo que me vino a la mente fue más curioso aún: recordé una escena de la película “Guerra de los mundos” (la versión más moderna, con Tom Cruise y Dakota Fanning, dirigida por Steven Spielberg). Es cuando, escapando de los “trípodes” –las espantosas máquinas con las que los invasores aniquilan todo lo que se les pone delante– Ray Ferrier (Cruise) y su hija (Fanning) son refugiados por Ogilvy (Tim Robbins) en el sótano de su casa, personaje de quien pronto descubrirían costados algo inquietantes, y que hasta el día anterior a la invasión había trabajado de chofer de ambulancias.

Afiche de la pel�culaEn un momento, Ogilvy le dice a Ferrier que, para resistir a la invasión, había que “estar despiertos”. “¿Sabe cuáles son los pacientes que llegan vivos al hospital luego de un accidente? Los que luchan por mantenerse conscientes, los que no cierran los ojos”. Me aferré de ese recuerdo. Lo tomé como una ley. Me exigí no cerrar los ojos, no dormirme. Permanecer consciente pese a las tremendas ganas de dormir que me mordían los párpados.

Soporté en la guardia del Dupuytren el clásico y necesario interrogatorio que mi erosionada consciencia podía soportar. Preguntas sobre mi pasado clínico que, en condiciones normales, podría haber relatado con lujo de detalles y matices, en esas tortuosas condiciones se me antojaban más a un interrogatorio con una lámpara contra la cara en una sala de torturas. Un relato que podría haber hecho con abundante información en óptimas condiciones de salud era ahora un conjunto de datos sueltos y deshilachados.

En medio de la pesadez de mi cuadro clínico recuerdo que pensé “qué gran ayuda sería para estos sanatorios tan ‘coquetos’ contar con historias clínicas on-line y en red”, de modo que el personal de guardia de un sanatorio de primer nivel no dependa de la calidad de los datos suministrados por un paciente que, a veces, no está en óptimas condiciones para recordar con exactitud ni su fecha de nacimiento. Porque cabe destacar que, quizás, varias de las decisiones que tome un médico de guardia para el tratamiento de un paciente recién llegado están basadas en la información suministrada por el propio paciente. ¿Y si éste se equivoca? ¿Y si no recuerda con exactitud ciertos datos, u omite información de primer orden? ¿Por qué demonios, me pregunto y pregunto a los médicos que estén leyendo esto, todo (o gran parte) parece basarse en la información sobre la historia clínica relatada por el propio paciente? ¿Piensan que el paciente no se equivoca jamás, o bien que la información que él suminstra en definitiva no es tan importante? ¿Es muy retorcido lo que estoy planteando; es el producto de una mente paranoide, o tiene cierto asidero?

Una enfermera vino a tomarme la presión. Desconozco por qué, pero ahora que tengo la fístula arteriovenosa en el brazo izquierdo, pareciera que todos quienes quieren tomarme la presión se acercan a ese brazo, que es justamente donde no pueden ni tomarme la presión ni inyectarme o punzarme para nada (excepto para dializarme, claro). A esa enfermera y, luego en la habitación, a todas las que se acercaron para tomarme la presión o canalizarme el suero durante los seis días de la internación, debí hacerles la misma aclaración: “no me tomes del brazo izquierdo, tengo fístula, soy paciente en hemodiálisis”. Hasta pensé colgarme un cartel con ese texto, no fuese que llegara alguna de ellas estando yo dormido y lo hiciera…

Otro detalle que explicaba mi calamitoso estado era, justamente, mi tensión arterial. Soy hipertenso hace años, aunque desde hace ya varios meses, en diálisis dieron finalmente con mi “peso seco” y con la droga y la dosis de medicación antihipertensiva ideal (Carvedilol, 12,5 mg). De tal modo, mi tensión normal anda por 140-80. ¿Saben cuánto tenía cuando entré a la guardia? 90-60. De allí que no pudiera mantenerme parado.

Quizás por ese motivo les costó a las enfermeras encontrar una bendita vena de la que extraerme una muestra de sangre. Me pincharon como cuatro veces en el brazo derecho, sin éxito, hasta que la médica de guardia optó por una vena de la ingle derecha. Aún recuerdo el dolor que me produjo el pinchazo. Y sus palabras: “tenés un umbral de dolor bajísimo”. Como si esa frase mágica redimiese todo mi malestar. Segundos después, ante una sensación punzante insoportable, la mandé diplomáticamente al carajo. Fue la primera vez que grité en un sanatorio. Pero no sería la última, aunque no por los mismos motivos.

Luego me llevaron a radiología. La idea (pobres ilusos) era tomarme una radiografía de tórax conmigo de pie contra la chapa que se utiliza en estos casos, en la que uno debe apoyar el pecho y la que está invariablemente helada. No pude ni sentarme en la camilla porque sentí desmayarme, así que debieron tomármela acostado en la camilla. Por suerte salió…

Afortunadamente por entonces terminó el proceso de admisión, y finalmente me llevaron hasta lamis sensaciones de sábado habitación, que estaba en el 5º piso, en camilla. A partir de entonces los recuerdos se me hacen borrosos e imprecisos. Recuerdo retazos desordenados, y sí tengo muy presente que durante horas, largas horas, me costó un triunfo la sencilla operación de cambiar de posición en la cama. Me dolía absolutamente hasta el último músculo del cuerpo, y cambiar de posición era lanzar gemidos involuntarios. Ninguna posición parecía ser mejor que otra. La frase “siento que me pasó un tren por arriba” describía lo que sentía casi literalmente. Dormí (si eso fue dormir) entrecortado, despertando por momentos sin saber bien qué hora era y, a veces, sin recordar bien dónde cuernos estaba. Siempre estaba allí Lucía, afortunadamente, cuya compañía tuvo una importancia capital durante el tiempo que estuve allí. Y tampoco quiero dejar de mencionar a mi madre, Elsa, quien suplió a Lucía cuando ella tuvo que volver a casa a cuidar (y contener) a nuestro hijo de 9 años, Eliseo, quien bastante preocupado e impresionado había quedado luego de verme vomitar de semejante forma en casa.

Luego vendría el sábado, con la lógica espera de la visita del médico para que nos dieran un panorama de la situación, cuál era el diagnóstico, qué demonios me estaba pasando y cuál sería el tratamiento por prescribir.

Al anochecer del sábado decubriríamos aquello que dije sobre el final del primer post en sentido de que “estar en observación”, al menos en el Dupuytrén y en medio de un fin de semana, es estar casi a la buena de Dios y a la deriva como paciente.

Pero eso, en el próximo post.

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6 comentarios hacia “MI PASO POR EL INSTITUTO DUPUYTRÉN (II)”

  1. Lima escribió

    Hola Alejandro. Lei tu historia…primero me encanto como lo narras…y segundo ufff la pasaste suuuuper mal…Espero ya estes fuera de todo eso y bien de salud. Espero leer pronto la segunda parte…
    Hoy lei tu respuesta a mi post y bueno por fin se de alguien que tb ha tenido problemas con la presion…en el centro de dialisis me miran tan raro pq no me baja como a todos, sino que me sube que ya casi me siento extraterrestre…
    Un abrazo
    Pati

  2. Lima escribió

    Yo otra vez…me vole! lo que espero leer es la TERCERA parte, me vino un lapsus y crei que todo lo habia leido en una…
    Pati

  3. diariodedialisis escribió

    Hola, Pati. Gracias por el elogio. Con respecto a que te miren raro en el centro de diálisis, creo que más que mirarte raro debieran preocuparse para lograr que te baje, y creo también que diplomáticamente deberías transmitírselos.

    No quiero parecer beligerante, pero (como habrás comenzado a advertir) mi experiencia en el Dupuytrén me enseñó varias cosas. Entre ellas, que si uno no reclama la atención que uno considera que necesita, nadie va a dártela.

    Espero que pronto se te solucione ese problema. ¿Has vuelto a tener inconvenientes con la heparina?

    Un beso,

    Alejandro.

  4. Lima escribió

    Hola Alejandro, yo otra vez…no habia leido tu respuesta y en el otro comentario olvide contarte sobre la heparina. Pues ya no tuve mas moretones, es decir la reduccion de la dosis anduvo bien.
    Y claro tienes toda la razon…hay que reclamar si no las cosas no cambian, pero sabes?…a mi a veces me da miedo reclamar, no se pero me da temor que se pongan mas pesados conmigo…me cuesta encontrar la forma adecuada de hacer el reclamo, lo hago muy suave y no surte efecto o me sale muy pesado y crea malas ondas…debo trabajar en eso…
    Que estes muy bien…mañana leere la tercera parte de tu estadia en el hospital, ahora ya me dio sueñito.
    Chao
    Pati

  5. monica escribió

    Creo que tus comentarios sobre el Dupuytren son lastimosos, ya que es un excelente sanatorio. Tu perspectiva debe ser la de un pobre psicópata depresivo típica de los pacientes dialiticos en espera forzada de transplante. A mi mamá le salvaron 3 veces la vida en el Dupuytren. Tratá de no malinformar a la gente porque solamente estas enojado con la vida. gracias a Dios exite el Dupuytren

  6. diariodedialisis escribió

    Mónica, tu comentario es casi ingenuo. Podría pensar que tenés algún interés comprometido con la existencia de ese sanatorio, pero creo que sería demasiado elaborado de mi parte. Por lo demás, si todo lo que tenés para decir es que te parezco un “pobre psicópata depresivo en espera forzada de trasplante” me llama la atención que, simultáneamente, digas que a tu mamá le salvaron tres veces la vida allí. Hablás como alguien que jamás tuvo problemas de salud, o como alguien que no tuvo a ningún familiar directo internado nunca, o como alguien a quien jamás le pasó nada en la vida.

    Finalmente, yo no malinformo: simplemente me limito a relatar lo que ví, y lo que viví. Que es subjetivo, obvio. Tan subjetivo como tu propia experiencia allí con tu madre. Pero porque a ella le hayan salvado la vida no quiere decir que, por opinar diferente, yo esté “malinformando”. En todo caso estoy opinando distinto.

    Si lo que ví y lo que viví hubiese sido diferente (léase mejor), muy distinto hubiese sido el tono de lo que vos leíste. Me alegro de que a tu mamá le hayan salvado la vida. Y es más, seguramente no fue el único caso en ese sanatorio. Para eso están los sanatorios, las clínicas y los hospitales, después de todo. Pero mi experiencia fue mala y lo digo. Primero, porque ese propio Instituto me dio los motivos para hacerlo. Segundo, porque (por si no te avisaron) estamos en democracia y existe, pese a que a muchos no les gusta, la libertad de expresión y el disenso. Tercero (te aviso) todavía el relato no terminó: tengo más para decir, así que, como mínimo, te adelantaste. Y cuarto, este espacio lo generé yo para contar lo que me pasa en relación con mi tratamiento y, como si todo fuera poco, darle a otros la libertad de que expresen lo que quieran, sea sobre lo que difundo, sea sobre lo que opino.

    La misma libertad de la que hiciste uso vos, por ejemplo.

    Gracias por escribirnos.

    Alejandro Marticorena.

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