Diario de diálisis

Crónicas, reflexiones y sentimientos de un paciente que comenzó un tratamiento de diálisis

EL DÍA EN QUE LO SUPE

Posted by Alejandro Marticorena en Viernes, 11 agosto, 2006

Mi nefrólogo estudió mis últimos análisis durante unos instantes. El ceño fruncido (como siempre), y la seriedad profesional que anticipaba –yo lo presentí desde que me entregaron los análisis– la mala noticia, hicieron que la nueva etapa de mi vida me llegara casi como una premonición. Y, como me ha pasado siempre, me llegó con la consabida sensación de un vacío en el estómago.

“Vamos a tener que pensar en la diálisis como la única salida posible”, dijo mi nefrólogo. “Y prefiero que encaremos este proceso ahora, y no esperar a que empiecen los síntomas y comiences a sentirte mal. Tu salud no tiene por qué sufrir más”.

A mi lado estaba (como tantas veces) Lucía, mi compañera desde hace 19 años. Yo no lloré, pero ella sí. Y eso que en ese momento (corría marzo de 2006) estábamos separados… Le dije, tratando de serenarla “pará, che, no te pongas así, soy yo el que debería estar llorando”. El nefrólogo, por su parte, trató de desdramatizar la situación. “Piensen que ésta es una opción para una enfermedad que presenta salidas posibles. No es una enfermedad terminal. Va a tener una dieta mucho más permisiva, se va a sentir muchísimo mejor, y hasta le va a cambiar el humor”. Aquí el médico acertó: Lucía esbozó la primera sonrisa en medio de las lágrimas. Para ella era harto conocido mi mal humor cuasi vitalicio, mis arranques de ira, tan estridentes como pasajeros, a veces incluso sin un motivo aparente. “Además, en el mediano o largo plazo está la posibilidad del trasplante. Y ésa es una salida definitiva: los trasplantados hacen una vida completamente normal”. Pensé en esas palabras, en ese momento y después. “Mi objetivo final es el trasplante”, pensé. “Si por mí fuera, me trasplantaría mañana”.
Es que la Insuficiencia Renal Crónica –he podido comprobarlo en carne propia– es una enfermedad realmente seria. Silenciosa, casi asintomática durante gran parte de las primeras fases, es como si fuera carcomiendo lentamente una parte vital de nuestro cuerpo, como son los riñones. Y, afectadas sus diversas funciones, las consecuencias de la insuficiencia alcanzan, incluso, hasta el carácter. Es que un cuerpo humano con la sangre contaminada no es, obviamente, como un cuerpo con sangre limpia. A la disminución progresiva del hematocrito (la concentración de glóbulos rojos en el plasma sanguíneo), la consecuente anemia y la incorrecta oxigenación de los tejidos, músculos, órganos y fundamentalmente el cerebro, llevan a alteraciones de orden psicológico. Estamos hechos, en última instancia, de elementos químicos. Ésos, claro, que más de uno debe haber estudiado en la secundaria en la famosa tabla periódica de los elementos, de Mendeleiev.

Carbono, hierro, zinc, calcio, sodio, potasio, fósforo, nitrógeno, hidrógeno y oxígeno son elementos presentes en el cuerpo humano, entre varios otros, y que a su vez están presentes en el Cosmos. Así en la Tierra como en el cielo, las estrellas contienen muchos de los mismos elementos químicos que nos componen… y que a su vez componen los alimentos que nos mantienen vivos. Haciendo una paráfrasis con el Ying y el Yang y el pensamiento oriental, si se deshace el delicado (y sabio) equilibrio en nuestro cosmos individual… surge la enfermedad, la disfunción, el desequilibrio, la crisis.
Los riñones, al no funcionar correctamente, no efectúan una de sus funciones principales, como la del filtrado de la sangre para eliminar de ella los desechos provenientes de la metabolización de los alimentos que ingerimos, y enviarlos a la orina, que a su vez los expulsa de nuestro organismo. Y además de las toxinas (fundamentalmente la urea y la creatinina) está el riesgo de un desbalance por exceso de algunos de los elementos químicos que suelen estar presentes en la sangre, tales como el potasio, el sodio y el fósforo, entre otros. El exceso de potasio genera trastornos cardíacos. El exceso de sodio, genera (o agrava, como es mi caso) la hipertensión arterial. El exceso de fósforo produce, al largo plazo, problemas y enfermedades óseas. Y cada una de estas anomalías genera, por su parte, otras disfunciones asociadas. Y en un cuerpo humano todo está interrelacionado. Por ejemplo, la hipertensión arterial conjugada con disfunciones cardíacas no suena precisamente como una combinación atractiva. Y si a eso se le suma un cuadro de anemia, con deficiente oxigenación en el cuerpo…
Así que diálisis. Mirá vos. Quién me lo iba a decir… Me llevó una semana asimilar el golpe. Estuve más o menos 7 días como en otro planeta. Pero las ociones eran claras: empezar el tratamiento para comenzar a estar mejor y recuperar mi estado previo al inicio de la Insuficiencia Renal Crónica… o sentarme a esperar la muerte a mediano o largo plazo. En realidad, más mediano que largo. “Tuve suerte de nacer en esta época”, me dije más de una vez. “Mirá si estuvieses en un período histórico donde no hubiese tratamiento para esta enfermedad. Se me habría pasado el cuarto de hora… y tanto ‘pescado sin vender’ “…

Uno comienza a pensar muchas cosas en situaciones como ésta. Fue la primera vez que me enfrenté a la situación de tener que pensar, seria y ciertamente, en la muerte como una de dos opciones para seguir adelante con mi vida. Y como, obviamente, la muerte no puede ser una opción… uno ya sabe qué tiene que hacer.

Una persona que conocí, y que hoy no está viviendo en mi país (la Argentina) decía que siempre se puede buscar lo bueno de lo malo. Y creo que en este caso también se puede, más allá del lógico “te sirve para prolongar tu vida y aguardar un trasplante”, si sos un paciente en condiciones de ser trasplantado, claro.
Por lo tanto, aprender e incorporar a la vida cotidiana esta postura (que bien podría calificarse de filosófica) indudablemente no es algo automático, ni algo que uno pueda proponerse de un día para el otro. Es decir, sí puede uno proponérselo. El punto es lograrlo efectivamente.

Quizás la experiencia que me toca vivir sirva para algo, para alguien. Es lo que intenté decir en una de las páginas principales de este blog, bajo el título “Por qué leer este blog”.

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2 comentarios to “EL DÍA EN QUE LO SUPE”

  1. estreya said

    holas aquien corresponda mi crisis de niñeses cuando mis papas se separaron pero ahora ya lo logre afrontar por que a mi papasiempre lo veo y vivo con mi mama pero tiene un caracter con lo cual ambas chocasmos no se que hacer

  2. [...] de que uno recibe la noticia, luego (en mi caso) de la entrevista con el nefrólogo que dio origen al primer post de este blog, de allá por agosto de [...]

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